I

Recorriendo las penumbras del angosto pasillo hasta la cocina, el pequeño Alex repasaba en su mente las razones de porqué hacer su pequeña travesura y sus posibles consecuencias, pero debía hacerlo, o su lío sería aún mayor que cualquiera que su madre pudiera formarle por tomar unas monedas de su bolso.

Encendió la luz de la cocina, con todos sus sentidos en alerta, mientras escuchaba los leves ronquidos de su madre, que le indicaban que no se ha percatado y lentamente abrió su bolso que, como siempre, estaba encima de la pequeña mesa de la cocina, siempre abarrotada de cosas.

Respiró hondo y comenzó a introducir sus pequeñas manos con cuidado en el bolso cuando, tras él, sintió el golpe de unas monedas caer al suelo. Su sentido de alerta le sobresaltó rápidamente y dejó su propósito inicial para darse la vuelta pero, en ese momento, hizo aparición también su torpeza, acentuada por su sueño, haciéndole tirar una de las jarras decorativas de cerámica que tanto le gustaba a su madre, con el consecuente estruendo.

Los ronquidos provenientes de la habitación de su madre cesaron y, en un rápido movimiento, vio que tras él, frente al refrigerador, dos grandes monedas doradas brillaban en el suelo. Escuchó que el pomo de la puerta de la habitación se estaba abriendo y, rápidamente, introdujo las monedas en los bolsillos de su pijama.

–Alex, ¿qué haces? – preguntó su madre con tono desconfiado.

–Vine a buscar agua y tropecé – respondió, haciéndose más dormido de lo que realmente estaba.

Tomando un vaso de agua dejó atrás a su madre, mientras regresaba a su habitación y pensaba para sí mismo de dónde habrían caído esas monedas, aunque, al acostarse de nuevo en su cama, descartó todas las absurdas teorías que se le habían ocurrido en el trayecto, pues ya tenía lo que necesitaba.

Viernes, ocho menos diez minutos de la mañana, Alex salió apresuradamente de su casa rumbo al instituto, del que solamente le separaban unas cuantas calles. Era un día especial, esperaba que un sueño se cumpliera, pero aún era temprano, y quedaba mucho por hacer.

La mañana transcurrió como siempre, clase tras clase, rodeado de esos compañeros, de los cuales guardaba tan malos momentos como buenos, y, pese a sus 16 años, aún las cosas le afectan.

Muchas veces los compañeros podían ser crueles, muy crueles.

Se acercaba el momento, la salida. Cuando sonó el timbre todos comenzaron a recoger sus cosas; pero, para él, era algo especial y, por ello, recogió a toda velocidad sus libretas y lápices. Salió de su clase sin terminar de ponerse la pesada mochila, recorrió el pasillo y las escaleras del primer piso a toda prisa. Cuando llegó a la salida, apenas unos cuantos estaban ya en ella, y allí, en medio, esperó.

Poco a poco, todos los alumnos del centro iban saliendo del edificio, rodeándolo y marchándose ante sus ojos, mientras él se iba sintiendo más y más solo. Y, para colmo, comenzó a llover, lluvia que apenas sintió que le mojaba y que, en el fondo, ocultaba las lágrimas que le recorrían en su interior.

–Así que este año va a ser que tampoco – Dijo una burlona voz masculina a su espalda – ¡Bien! ¡Dinero fácil!

Alex sacó de su bolsillo derecho las monedas y extendió el brazo, abriendo su palma con ellas. Otra mano las tomó y el silencio se apoderó unos segundos del ambiente, solo interrumpido por el sonido de las gotas que formaban charcos en el suelo.

–¿Tú me estás vacilando? – Gritó colérico su acompañante – ¡Esto no es el dinero acordado, no es ni dinero!

–mientras le tiró las monedas de nuevo y le empujaba para ponerlo frente a él. Alto, robusto, de manos grandes y gruesas, Romen, tenía el título oficial de matón del instituto, el que más años llevaba repitiendo y el que, en su tiempo libre, que solía ser bastante cuando no estaba en la sala de castigo, se divertía aterrorizando a los nuevos.

–¡Una apuesta es una apuesta! Y, o me pagas ahora, o te parto la cara.

–Si eso para ti no es dinero, tendrás que intentar partirme la cara, ¿no?

– contestó Alex, con el mismo tono de aquel que no tiene nada ya que perder.

Comenzaron a pegarse cuando, desde el fondo del edificio, uno de los profesores les vio iniciar la pelea y acudió a separarles.

– Alto, estaos quietos – Gritó, al tiempo que los separaba. – Tú – refiriéndose a Romen – Lárgate y ya hablaremos mañana. En cuanto a ti, te llevaré a casa, espérame al lado de mi coche.

Haciendo caso al profesor, Alex recogió las dos monedas que estaban en el suelo y caminó hacia el viejo Mustang.

El profesor era un joven alto y bastante delgado, aunque atlético. Recién llegado al instituto como el nuevo acondicionador físico y, como tal, solamente enseñaba a los primeros cursos, aunque Alex le había visto en varias ocasiones y siempre llevaba una sonrisa en su cara, como si poseyera todo el positivismo del mundo.

Ambos se sentaron en el coche que, aunque su exterior estaba algo descuidado, su interior era totalmente nuevo.

–¿Dónde vives? – le preguntó con autoridad.

–En el 8 de la calle Julio – contestó con indiferencia Alex.

 El profesor arrancó su coche e inició el breve trayecto.

–¿Sabes qué día es hoy? – preguntó el joven profesor, intentando iniciar una conversación.

–Sí, día del padre – dijo Alex, con total indiferencia.

–¿No deberías pasar este día con tu padre en vez de estar peleando en el instituto? – preguntó con tono irónico el profesor, y varios segundos pasaron en silencio hasta que Alex dijo:

–Esta es mi casa.

El profesor paró su coche y Alex, mientras bajaba del mismo, le contestó con una tristeza desoladora.

–Yo no tengo padre

– Cerró la puerta del coche y se precipitó a la entrada de su casa.

Su madre aún estaba atareada en la cocina cuando oyó el portazo de entrada de Alex.

–La comida estará en un momento – gritó apresurada desde el fondo del pasillo. Alex se dirigió a toda velocidad a su habitación, tenía que cambiarse y que borrar todo rastro de la pelea, no le apetecía escuchar otra charla del porque debía “portarse bien”.

Abrió el armario a toda prisa y buscó una nueva ropa con la que cambiarse mientras, en su mente, resonaba las palabras de Romen, y la de tantos otros como él, que se habían burlado por la misma razón, esperar que un día como ese, a la puerta de su instituto, viniera a buscarle su padre. Abatido por la tristeza y la sensación de ridículo, se sentó en el borde de su cama mientras intenta evitar las lágrimas en silencio.

–¡Alex! Ya está lista la comida – sonó tras la puerta y lo sacó de esa burbuja que le inundaba para ir a la cocina. Puso la mejor cara que podía mientras ambos comían, pero sabía perfectamente que su madre se había dado cuenta de esa tristeza que tenía, por lo que ambos prefirieron fingir que nada estaba sucediendo y que todo seguía como siempre. Como cada día al terminar, se levantó a recoger la mesa y limpiar los platos, mientras su madre fumaba un cigarrillo.

–El día está poniéndose demasiado oscuro, parece que se avecina una tormenta

– Dijo su madre mientras miraba el exterior por la ventana.

–Sí – respondió Alex, sin apenas haber hecho caso al comentario de su madre.

–¿Sabes? A veces las cosas no son lo que parecen – soltó su madre, en un tono más místico del que acostumbra hablar – Me marcho a trabajar, nos vemos luego.

Apagando el cigarrillo y levantándose, le dio un beso en la frente y se marchó, dejando a Alex terminando de fregar.

Respirando hondo, volvió a su habitación y comenzó a realizar sus tareas, como cada día, pero nada consigue hacerle centrarse en el papel. Soltó el bolígrafo sobre las blancas hojas de la libreta y miró a su alrededor. “Sí, verdaderamente se está poniendo muy oscuro el día” – Pensó para sí mismo, y volvió a sus tareas.

Al final de un oscuro túnel se dibujaba la silueta de un encapuchado, a contraluz de la salida del mismo. Mientras se acercaba, sin poder remediarlo, a esa figura inamovible, una sensación de agobio y frío le recorría. Cada vez se acercaba más y más a la figura que, aunque no era reconocible para él, seguía como congelada en un gran bloque de hielo. De repente, un golpe le devolvió a la realidad. Había sido un sueño, se había quedado dormido sobre el escritorio y los vecinos habían llegado, como siempre, armando escándalo.

Alex se desperezó y pensó, – “ahora sí que sí, terminaremos la tarea” – Pero seguía sin poder concentrarse, sin poder pensar en nada más que en lo absurdo e idiota que era al esperar algo que nunca iba a suceder, algo que, si fuera a pasar, ya lo hubiera hecho en alguno de los 15 años anteriores.

Entonces recordó que había sido un iluso por apostar contra Romen que su padre vendría a buscarle este año, tal y como había hecho los últimos 5 años, desde que entró a ese instituto, sobre todo en los dos primeros, cuando se había convertido en uno más de la pandilla de lameculos de la que disponía el matón, y que le habían hecho descargar en los demás esa frustración por no saber quién es y que pasó para que no estuviera con él.

Por un segundo repasó lo ocurrido, y recordó que le había gritado que aquello ni siquiera era dinero, y le invadió la curiosidad. Se levantó de su escritorio y rebuscó entre sus mojadas ropas, que aún estaban tiradas frente al armario, hasta que sacó esas dos monedas doradas. Retrocedió y se recostó sobre su cama, sujetándolas frente a él, a la altura de su cara.

Aparentemente eran monedas normales, pero con unos dibujos que nunca había visto. Por una de sus caras, en relieve, un sol con rostro en el cual, su mitad, dibujaba una luna, rodeado por una corona de estrellas, como la corona de laurel del César, que tanto había visto en los libros de clase sobre Roma; en la otra cara, el rostro de un hombre, el cual le resultaba extrañamente conocido, pero que jamás había visto, a su alrededor una frase. Alex intentó leerla, pero las monedas estaban bastante desgastadas por el uso. Forzando un poco la vista consiguió distinguir las letras.

–Ometh anatu tolark yetuyh – dijo en voz alta, absorto en su curiosidad cuando, repentinamente, el resplandor y el sonido de un trueno le sobresaltaron de su estado. Se había desatado una fuerte tormenta y, de fondo, oía a su madre entrando en casa. Se levantó con prisa, soltando las monedas sobre la cama, y corrió a la puerta a ayudar a su madre a meter las bolsas en casa.

–Gracias, ¿ya tienes la tarea lista? – preguntó su madre.

–Si – respondió rápidamente Alex, mientras volvía por el pasillo de la cocina.

Alex regresó de nuevo a su habitación, mientras su madre preparaba la cena, con la intención de seguir analizando las monedas pero, al llegar, no estaban sobre la cama. Pensando que tal vez las hubiera llevado con él, se revisó los bolsillos, pero no había rastro alguno de ellas. Desesperado, revisó en las ropas mojadas pero nada, habían desaparecido.

–¡Alex, la cena! – Sonó desde detrás de la puerta.

Con total velocidad, Alex tomó las ropas, aun húmedas, y las llevó al cesto de la ropa para lavar mientras, en su cabeza, repasaba los movimientos hechos con las monedas. “Maldita sea, tienen que estar sobre la cama” – Pensó para sí mismo y recorrió el corto y angosto pasillo que conducía hacia la cocina.

Al llegar, observó a su madre quien, extrañamente, se mostraba más alterada que de costumbre, aunque intentaba disimularlo. En eso se parecían demasiado, siempre se les notaba, por mucho que lo intentasen ocultar. Alex comenzó a retirar los jarrones decorativos de la mesa, para dejarla lista para la cena, mientras intentaba buscar un modo de iniciar una conversación que no acabase en una discusión, cuando, ese silencio impuesto, fue roto por unos golpes en la puerta.

“¿Quién será a esta hora?”– Pensó para sí, pero al regresar nuevamente de sus pensamientos, vio a su madre totalmente petrificada, como si esos golpes fueran algo que estaba deseando con todas sus fuerzas que no ocurrieran.

–Yo abriré – Interrumpió a Alex mientras se disponía para ir a la puerta – tú quédate terminando de preparar la mesa.

Su madre tomó rumbo a la puerta, como aquel que va hacia algo inevitable, mientras Alex, desde la cocina, hacía la tarea encomendada con el mayor sigilo posible. La actitud de su madre le había despertado demasiada curiosidad.

El sonido de la lluvia se hizo más fuerte cuando su madre abrió la puerta y, por un segundo, le pareció escuchar un tenso silencio roto por una fría pregunta.

–¿Qué haces aquí? – Preguntó su madre a la persona que estaba tras el umbral, con la frialdad de un témpano de hielo.