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El sol casi había desaparecido en el horizonte cuando llegaron a la cabaña, medio incrustada en una cueva. Era casi imposible de distinguir en la lejanía debido a sus paredes hechas con las rocas desprendidas de la montaña y el tejado de madera, tapado casi en su totalidad por los musgos crecientes en los salientes de las paredes de piedra.

Su interior, excavado la mayoría en la roca para aprovechar la cueva, tenía una pequeña chimenea, madera para el fuego, y, aunque sencillas, dos cobijas con pieles y mantas.

Hacía bastante tiempo que nadie usaba ese lugar, por lo que Alex tuvo que sacudir el polvo de las cobijas en el exterior, mientras Alsgar encendía un fuego con el que calentar el frío lugar para pasar la noche.

El ruido de las pieles al sacudirse en el aire resonaba en el eco de la montaña, que devolvía un sonido lejano. Alex, absorto en su tarea, no prestó atención a ese sonido, que cada vez se escuchaba con mayor intensidad.

Alsgar, que había terminado de encender el fuego, salió a ayudar a Alex con las pieles y cobijas. Escuchó el sonido devuelto por el eco.

El leve tintineo de una pequeña carreta y unos sonidos casi ininteligibles, como palabras de un extraño lenguaje hablado entre dientes.

Alsgar, alterado, detuvo a Alex en tu tarea.

–¿Escuchas?, la montaña trae el sonido de algo.

–¿Qué puede ser? – Preguntó con ironía el joven – ¿Piedras desprendiéndose?

–No... Es algo diferente.

Alsgar salió en dirección a los sonidos y desapareció entre las grandes paredes de piedra. Alex, intrigado por la reacción del duende, dejó lo que estaba haciendo y le siguió. El terreno, bastante escarpado y elevado, estaba formado de roca sólida, cubierto de pequeñas piedras lisas originadas por el desgaste de las temperaturas, que eran pequeños trozos planos de diferentes tamaños, como rebanadas de pan, haciendo los angostos caminos peligrosos y muy resbaladizos, llenos de salientes y rocas fáciles de desprender. A los que se unía el riesgo de los desfiladeros por los que se trazaban estos senderos, en los que un simple traspié podía hacerte caer al vacío.

Alex avanzó con algo de torpeza por el sendero que había seguido Alsgar, dejando atrás la cabaña, mientras la oscuridad, poco a poco, se iba adueñando del ambiente. Ya había cruzado varios grandes bloques de piedra cuando logró divisar uno de los zapatos del duende. Mientras más se acercaba, mejor observaba su posición, escondido tras una enorme roca.

Alsgar, al escuchar los pasos de su amigo, se giró hacia él y le hizo una señal de silencio. El joven terminó, con dificultad, de acercarse, se agachó junto a él y miró por encima de la piedra que tenía enfrente.

Varios metros más abajo de su posición, otro sendero discurría sinuoso entre las montañas, aunque más ancho que el usado por ellos, en iguales condiciones. Varias luces se veían al fondo del sendero, cuya visibilidad estaba cortada por una enorme pared de piedra. Poco a poco los sonidos fueron aclarándose, junto a la cercanía, cada vez mayor, de esas luces.

Una pequeña caravana formada por una carreta muy simple, se acercaba, cubierta con una lona verde-grisácea, arrastrada por un pequeño animal, de robustos pies pero de aspecto muy similar a un jabalí, aunque con mayor pelaje y más oscuro. Los cuernos que asomaban de su morro estaban adornados con líneas azules y, de ellos, ataban las amarras para dirigir su trayecto.

Sobre la carreta y a sus lados, con diminutos candiles en las manos, unos pequeños seres, como enanos. Sus ropas no dejaban ver más que unos brillantes ojos azules, bajo enormes sombreros puntiagudos, que daban el aspecto de ser cinco o seis tallas mayores que las suyas, llegándose a mezclar con el resto de sus ropas, apenas visible bajo las enormes gabardinas, demasiado grandes para esos pequeños cuerpos.

Uno de ellos movía con virulencia su candil, mientras solamente se escuchaba un murmullo, un sonido incomprensible, como pequeños silbidos.

–Ciuatros – Dijo Alsgar entre susurros

–¿Qué?

–Ciuatros, son constructores de máquinas, alquimistas... Recorren las montañas buscando pequeñas caravanas que desbalijar, si nos cogen nos venderán al mejor postor.

–¿Nos cogen?

–Bueno, a mí – Replicó el duende – Los duendes servimos de moneda de cambio para esas cosas.

Alsgar retrocedió con sigilo, mientras Alex aún continuaba mirando la escena.

–Vamos, es peligroso quedarse aquí – Le avisó el duende.

Ambos retrocedieron en sigilo hacia la cabaña mientras caminaban con precaución entre las afiladas rocas. La noche les atrapó en el camino de vuelta, y la temperatura comenzó a descender rápidamente cuando las gélidas corrientes de aire frío bajaron de las cimas nevadas de la cordillera.

Al llegar a la pequeña cabaña, ambos casi tiritando, entraron en calor en las cercanías de la lumbre, encendida anteriormente por Alsgar, mientras se preparaban para pasar la noche.

Alex tomó la bolsa de cuero dada por la amable Irme y, en ella encontró, envueltos en pequeños manteles, dos grandes trozos de pan y queso.

–Con esto cenaremos esta noche, pero necesitaremos algo para comer mañana. –No te preocupes – respondió con jactancia el duende – Ya tengo eso previsto. –

Mientras, con uno de sus dedos, tocaba su sien en señal de pensamiento.

La luz de la luna apenas asomaba entre los resquicios de las piedras de la pared de la cabaña, cuando ambos terminaron de comer y se recostaron sobre los lechos.

– Alsgar.... – Inició tímidamente Alex la conversación – ¿Nos llevará mucho más tiempo el camino?

–Un día y medio o dos días más, solamente – Respondió el duende.

–¿No podríamos usar de nuevo tu hueso y abrir una puerta que nos dejase allí...?

–¡No! – Le interrumpió tajantemente Alsgar – el Urm solamente puede usarse en casos de necesidad, si se usa mucho, Ojo de Dragón aprenderá a localizarlo, y perderá su poder.

–Es que tengo la sensación de que debo de verlo lo antes posible – Prosiguió el joven – como si el tiempo que queda fuera una eternidad.

–Tal vez sea así, debas verlo, pero aún deberás esperar – Respondió extrañamente sabio el duende, mientras iba cayendo en un profundo sueño.

–Tal vez.

En el exterior de la cabaña, los silbos del viento enmudecían a los Ciuatros que rondaban las montañas y bajaban por las escarpadas paredes de piedra hasta la torre más alta de Roner.

Aparentemente estrecha y muy alta, en su extremo, una cúpula de piedra gris sujeta por cuatro columnas, talladas con bellos girones a imitación de soplos de aire, formando arcos entre sí, que delimitaban una superficie plana de tosca gris en la que, solamente en su centro, un pebetero de hierro forjado alojaba una llama que iluminaba la pequeña estancia. Alrededor de la piedra de la torre había una escalera que accedía al lugar, por la que apuradamente subía un grupo de personas.

La primera del grupo, una anciana de túnicas marrones, muy antiguas, con una banda blanca con detalles dorados que recuerdan a los llevados por Edriel. Tras ella tres hombre más, con armaduras con el emblema de un girón y una hoja.

–Oh sabio espíritu, escucha nuestra plegaria.... – La anciana, al decir las palabras, se arrodilló frente al pebetero.

De las aberturas de los arcos, un humo blanquecino, como una niebla, comenzó a condensarse frente a la anciana y tomó la forma de una mujer. Un espíritu del viento, al igual que en la posada, cubierta por una túnica blanca y un arco, casi tan grande como ella misma entre sus manos. De largos cabellos lisos, negros como la propia noche y, bajo su capa, dejaba entrever una armadura de reluciente plata y oro.

–Dime Emma, ya me tienes ante ti – Dijo el espíritu del viento.

–Lady Ivanna, han llegado emisarios, las tropas de la bruja están tras la colina, atacarán en la mañana.

–Lo sé – Respondió Ivanna – Lo he visto con mis propios ojos. Atacarán con dureza, pero Roner resistirá.

–¿Cómo, mi señora? – Irrumpió el más joven de los tres acompañantes – Apenas somos unos miles contra el grueso de las fuerzas de la bruja.

–Mi joven Eleazor, no atacaran todos, su intención es atacar el bosque negro también, al mismo tiempo. Y no estamos solos en esta lucha.

Tras las últimas palabras de Ivanna, una fría e imponente brisa se levantó por toda la ciudad de Roner. Excavada y construida en lo que fue una mina de piedra y que recorría varios niveles a lo largo de la última ladera de la cordillera, la convertía en un enorme bastión bien feudado.

Un humo denso y grisáceo hizo su aparición en la pequeña estancia, e Ivanna agachó su cabeza en señal de reverencia. Onk se materializó irrumpiendo en la conversación.

– No dejaremos solos a los habitantes de nuestro reino – Dijo el adivino mientras se materializaba. – Mucho menos ahora que llega nuestra esperanza.

–¿A qué se refiere? – Irrumpió nuevamente Eleazor.

Onk soltó una leve sonrisa entre dientes.

–Todo a su debido tiempo... – Respondió con misticismo el adivino.

– Llegará ayuda de las otras ciudades del reino, pero debemos aguantar – Intervino Ivanna – La batalla por este mundo comienza nuevamente, Roner no caerá.

La anciana asintió, mientras su mirada chocaba con la de Onk, como si ambos hubieran tenido una larga charla.

– Así será, prepararemos las defensas, al amanecer la ciudad estará lista – Dijo con determinación Emma.