XI

El corcel de Lenaih resopló cuando cruzó el último de los riachuelos de la oscura tierra en la que se encontraba, entre afiladas paredes de roca que surgían del suelo como agujas hacia el cielo, cuando su jinete le obligó a frenar. Ante ellos, una sinuosa escalera de roca que mordía la afilada pared hasta lo más alto, donde una sencilla atalaya resaltaba a la luz de la luna, solamente contrarrestada por la luz tenue de sus ventanas.

–Espera aquí – Dijo con autoridad la elfa a su corcel, e inició el ascenso.

Cuando llevaba varios metros ascendidos por la roca, una pequeña y macabra baranda hizo su aparición en la escalinata. Sus montantes estaban fabricados con los huesos fémur de humanos y, la barandilla, con las vértebras de animales de diferentes razas, alguna de ellas aún con restos de sangre. En el suelo, desperdigados, restos de los demás huesos descartados para la construcción de la baranda. Al otro lado, en la pared de roca, cada cuatro escalones, un hueco en la pared aloja una calavera de uno de los seres utilizados para la construcción, sobretodo humanos, con una vela de cera pegada al superior del cráneo con la cera derretida de las otras velas consumidas antes que esa, iluminaba el trayecto.

Lenaih sonrió fríamente y continuó su ascenso. Al llegar a la puerta de la atalaya, a varios cientos de metros del suelo, se encontró dos enormes colmillos de hueso a los lados de una labrada y pesada puerta de madera. Con cierta facilidad abrió y pasó a su interior.

Ante ella se abrió un estrecho patio de piedra, rodeado de estancias. En su centro, cuatro escalones conducían a otra puerta, abierta en este caso, que daba acceso a la torre más amplia del complejo. El patio, en sus laterales, se encontraba lleno de huesos y restos de seres en descomposición. Sin apenas cambiar su semblante, se adentró en la torre más grande.

En ella, un estrecho pasillo de loza desnuda conducía a una habitación de varias decenas de metros de altura, totalmente llena de estantes, con viejos pergaminos y libros.

A los pies de los estantes y librerías, en el suelo, se amontonan libros viejos y desgastados. En el centro de la habitación, solamente iluminado por la luz de una vela, un alto escritorio de madera de tea. Tras él, un ser aparentemente humano, pero con grandes deformidades que le daban un aspecto horrible, como de putrefacto, estaba absorto en su escritura.

–Bonita escalera, Daniel – Dijo la elfa con ironía.

–Lenaih, hace días que esperaba tu visita – Dijo el ser.

–Para no ser de este mundo, veo que te estas adaptando muy bien a él, pero deberías limpiar un poco, esto huele a muerto.

–Soy un no muerto, querida, ese es mi olor – Contestó con ironía Daniel – Los vampiros dejamos de vivir hace milenios. En fin – Prosiguió el Nosferatu – No has venido para hablar de mí, sino de la tarea que me solicitaste.

El vampiro se levantó de su asiento tras el escritorio y recorrió la sala, hasta un pequeño montón de libros en el fondo de ella, donde tomó uno de tapa roja, mucho más nuevo que el resto de sus compañeros del montículo. Lo abrió mientras se acercaba de nuevo a la mesa.

–Cuando llegó el primer regente a este mundo, Íoner fue el primer ser que creó, ya que la tierra estaba desértica y estéril. La leyenda dice que abrió un hueco y, en él, vertió agua del océano junto a un trozo de la piedra de su bastón, que se disolvió, volviéndola dulce y verde como una esmeralda. Luego, tomando un girón de su propia capa, lo retorció hasta formar una raíz de tela, que dotó de vida con su poder. La soltó en el lago que la hizo crecer y extenderse por todo Ixlar, fertilizando la tierra y dándole vida.

–Alguna forma habrá de destruirla – Interrumpió exasperada la elfa.

–No te exaltes, no hace falta, existen muchas más historias del poder de ese árbol o raíz de las que puedas imaginar, pero en todos ellos sale el lago a su alrededor, realmente es lo que la mantiene con vida, así que drenando el lago podrás acabar con ella. Pero Marie debe tener cuidado con lo que desea, la desaparición de Íoner desestabilizará este mundo. No puede comparar su poder con el de los regentes.

–Daniel, ¿de qué parte estás? – Preguntó la elfa.

–De ninguna, Lenaih. Soy un simple historiador, y mi misión en este mundo es la de reunir todas las historias. Haya sido traído por tu bruja o no, no pertenezco a esta tierra y volveré a la mía cuando haya terminado.

–La única regente de este mundo es La bruja Negra –Dijo con determinación Lenaih.

–Vamos querida, sabes tan bien como yo que eso no es así o, tal vez no lo sepas, pero el poder de los regentes ha sido mucho mayor de lo que tendrán el resto de los reyes de las tierras de este mundo. Pero no voy a discutir eso contigo... Ya tienes la información que querías. Puedes irte.

Lenaih, en un gesto de desaprobación, se dio la vuelta y salió con el aire de superioridad que la caracterizaba, nuevamente rumbo al patio, mientras el vampiro volvía a su labor de escritura. Fuera, Lenaih, puso sus dos manos a los lados de su boca, lanzando un sordo alarido al aire, apenas audible, y prosiguió su bajada al fondo de la roca.

Cuando llegó donde su corcel la esperaba, apoyado en la montura, estaba Tebba.

–Me llamó, mi señora – Dijo el ave.

–Di a Jaydor que deben drenar el lago del bosque negro, él entenderá la razón, después regresa al castillo regente. Nos veremos allí.

–Sí, mi señora.

Tebba emprendió nuevamente el vuelo, mientras Lenaih montaba de nuevo su caballo.

– A la bruja le encantará saber tu opinión sobre ella – Dijo entre risas, mientras miraba hacia la atalaya y, dando un fuerte tirón de las fustas, comenzó a galopar.