XII

Aún faltaban varias horas para el amanecer y los habitantes de Roner se apresuraban en fortificar sus casas ante la batalla que se avecinaba. Maderas, provisiones, lo necesario para soportar un asedio que podía durar semanas.

Aparentemente y, a ojos de cualquiera que hubiese visto desde el exterior la ciudad, fortificaban las casas donde residían, pero Roner estaba bien preparada para la guerra.

Todas las casas y edificios de la ciudad disponían de galerías excavadas en la roca, que conducían a una ciudad secundaria, tallada en las paredes de una enorme gruta en el interior de las montañas, que salvaguardaban a sus habitantes ante una posible caída de la ciudad y al mismo tiempo daba la ventaja de volver a atacar para recuperarla desde el mismo interior.

Las mujeres, niños y ancianos de la ciudad emigraron por los pasadizos a preparar la ciudad secundaria, mientras las tropas se preparaban para defenderla.

Las horas avanzaban hacia el amanecer cada vez más rápido cuando, en la lejanía, miles de pequeñas luces, como luciérnagas, se acercaban lentamente a la ciudad.

Emma, desde la torre más alta, observaba lo que estaba sucediendo mientras su preocupación iba en aumento.

–No temas Emma, es ayuda – Dijo Ivanna, mientras se materializaba al lado de la anciana – Son tropas de Omeah, Aiag y Salem.

–¿Serán suficientes? – Preguntó con apuro la anciana.

–Aún queda tiempo, vendrán muchos más.

En lo alto de la colina, un minotauro de pelaje negro que observaba la escena bajó la ladera a toda prisa, adentrándose en el campamento de las tropas de la bruja.

Avanzó con total rapidez entre orcos, trolls, minotauros, centauros oscuros y demás seres al servicio de la Bruja Negra, repartidos entre hogueras y pequeñas tiendas de campaña rojiza con el emblema de una media luna blanca.

En el centro del campamento, una tienda mayor que el resto. En ella, Jaydor discutía los pormenores de la batalla con otro minotauro, un orco y un encapuchado de negro. El minotauro irrumpió en la tienda, sorprendiendo a los presentes.

–Roner recibe ayuda.

Jaydor, que ni siquiera se había inmutado, con total frialdad le preguntó:

–¿Cuántos?

–Unos diez mil, señor.

Las risas se apoderaron de los presentes en la tienda.

–Solamente los orcos presentes en este campamento duplicamos ese número – Dijo con altanería el orco.

–No importa cuántos sean en Roner – Dijo Jaydor – Caerán aplastados entre las rocas de su misma montaña.

 

Las tropas de ayuda comenzaban a entrar en la ciudad, bajo la atenta mirada de Emma e Ivanna desde lo alto de la torre de Roner. Tras ellas, un nuevo humo blanco se condensaba, Ivanna se giró para saludarla.

–Hermana Arthes

–Ivanna, como te dijimos aquí estamos. Las tropas de Rashir, Arjum y Nesah aún tardaran algunas horas en llegar.

–¿Laem?

–No puede ser desalojada, vigila la otra frontera del reino – Contestó Arthes – Pero hay algo más.

Ivanna miró a su hermana extrañada cuando, al fondo del valle, un cuerno de Maan resonó en la noche.

Un gran estandarte, con una bandera azul y plata junto al emblema de un árbol y un arco, hizo su aparición en la colina. Tras él, el ejército de elfos azules, con su Rey a la cabeza, Noah.

Emma no podía salir de su asombro ante la aparición de los elfos, mientras Arthes e Ivanna se desvanecían.

Ambas volvieron a materializarse, pero frente a la enorme caravana de los elfos, haciéndola detenerse.

–Noah, ¿a qué se debe el honor de tenerte en esta batalla? – Preguntó Ivanna.

El Rey elfo bajó de su caballo blanco con su armadura de metal reluciente y detalles azules. En su cabeza, una corona en forma de diadema que se prolongaba hacia su rostro, tapando la mitad derecha, que se perdía entre su largo pelo rubio. Su altura, de casi dos metros, imponía con su sola presencia y sus ojos, aunque de un azul intenso, tenían en su centro un aro violáceo que les proporcionaba un aspecto felino.

El Rey sonrió entre dientes y amablemente, con la distinción que caracteriza a un noble, contestó:

–Ometh es también nuestro reino, aunque su soberana sea Edriel, humanos y espíritus del viento no son las únicas razas de estas tierras y hemos venido a defenderla.

–Sabes perfectamente quien dirige el ejército que está tras aquellas colinas, en Elibar

– Replicó Arthes.

El Rey respiró profundamente.

–Sí, todos lo sabemos. Demasiado tiempo hemos estado los elfos de Rôrj pasivos ante las pretensiones de la bruja y de sus aliados. Lenaih entre ellos. Arthes se disponía a hablar nuevamente, cuando Ivanna la tomó de la mano, haciéndole desistir.

–Bienvenido entonces Noah, tú y todo tu pueblo – Dijo Ivanna.

Ambos espíritus se desvanecieron ante el fulgor desatado entre las filas élficas, que comenzaron a caminar hacia el encuentro con los habitantes de Roner. Ivanna y Arthes tomaron forma de nuevo, esta vez en el inicio de un sendero de piedra en la costa de lo que parecía ser una pequeña isla. La neblina predominante apenas dejaba pasar la luz de la luna que, en los pocos resquicios que logra salvar, hacía resplandecer la piedra de un blanco nácar.

–Arthes, no deberías incidir así en el dolor de Noah – Le recriminó Ivanna a su acompañante.

–Lo sé pero... ¿Por qué ahora se deciden a actuar? Llevan mucho tiempo sin hacer nada – Contestó indignada Arthes

–Sus razones tendrán – Le dijo, calmando sus ánimos – Vamos, nos esperan

Ambas iniciaron el sendero. A los pocos metros se encontraron con un arco de piedra blanquecina con el emblema del girón y la hoja tallados en la pieza central del arco. Que estaba custodiado a cada lado por dos enormes grifos, los cuales inclinaron sus cabezas al ver pasar a las dos mujeres.

El sendero subía sinuoso por la costa de la isla hasta la zona más alta del acantilado, en el que otro arco de piedra, custodiado en este caso por dos hipogrifos, daba paso a una enorme construcción de la misma roca que el camino. La niebla que rodeaba todo el ambiente no dejaba verla en la lejanía. Tenía varios niveles en los que se distribuían pequeños pináculos, torres y estancias que le daba el aspecto de una ciudadela de inmensas dimensiones. En su nivel más alto, solamente un edificio de altas paredes y techo abovedado, como el de una gigantesca catedral, pero con el techo de cristal.

Salpicados entre los niveles de la ciudad, la vegetación hacía su aparición, dándole un aspecto más camuflado aún que el que le confería la propia niebla que cubría toda la isla.

Un grifo, más pequeño que los anteriores y de plumaje marrón, esperaba tras el arco de piedra.

–Ivanna, Arthes. Bienvenidas de nuevo a Winderl, la Reina os espera en el gran salón.

Las mujeres siguieron al grifo, que les abrió paso entre los diferentes niveles de la ciudad, hasta llegar a la puerta del edificio del nivel más alto.

Ivanna y Arthes se adentraron en el edificio y, ante ellas, se abrió un inmenso salón, de la misma piedra con la que se había construido toda la ciudad. En el fondo, una escalinata que se bifurcaba en otras dos, más pequeñas, que daban acceso a las zonas más altas del edificio. En el descanso, un trono de plata custodiado por dos grifos y, al pie de las escaleras, dos hipogrifos. Tras el trono, un enorme vitral dejaba entrar la luz de la luna, que, hacía resplandecer la piedra de toda la sala e iluminaba la estancia.

En el trono, Edriel, las esperaba impaciente.

–Mi señora Edriel – Comenzó a hablar Arthes, mientras ambas se acercaban a la escalinata – Las tropas ya están casi todas en Roner, pero hemos tenido un pequeño contratiempo.

–No lo llamaría así – La interrumpió Ivanna – El rey Noah se ha unido a nuestras tropas en Roner.

El silencio se apoderó de la inmensa sala durante unos segundos.

–¿Qué razón os dio para unirse a nuestra lucha? Ni él, ni su pueblo me deben lealtad a mí – Dijo extrañada Edriel.

–Pero sí se la debe a Íoner, mi Reina – Irrumpió Onk, mientras bajaba la escalinata de la derecha hasta el descanso, donde estaba el trono – Y ella también está en peligro en esta batalla.

–Onk, ¿y cómo se supone que sabe tal cosa el elfo perdido, si mis emisarios no le han llevado la noticia?

–La propia Íoner sacó de su letargo y dolor al Rey de Rôrj, esta batalla será más cruda que cualquier otra de las que ha tenido lugar hasta el momento en nuestro mundo, pero como bien sabes, mi majestad, es la primera en la que la esperanza vuelve a surgir entre los leales al Regente.

–¿Y qué sabe Noah de esa esperanza?

–De momento, que existe. Íoner solamente le ha contado lo que necesitaba para hacer rugir de nuevo a su corazón.

–Bien, un aliado más.

–Un gran aliado más, mi majestad – Le corrigió Onk a Edriel.

Edriel sonrió.

–Ivanna, Arthes, regresad a Roner, nuestras tropas también están listas y preparadas en la zona, pero nadie debe saberlo, jugaremos con la ventaja de la sorpresa.

Ambas mujeres asintieron y se desvanecieron.