XIII

El negro de la noche comenzó a dejar paso al azul negruzco que preludiaba a los primeros rayos de sol, cuando las tropas en Roner ya se encontraban en sus puestos.

Apostados en las murallas y en las torretas de defensa de los niveles de la ciudad, los elfos azules harían gala de su fama de arqueros infalibles, mientras catapultas y lanzadores se apostaban entre los elfos preparados para contrarrestar a las del enemigo.

En sus puertas, miles de jinetes y tropas de asedio ya se encontraban listos para enfrentarse con las tropas de la bruja.

Desde la visión que daba la torre más alta de Roner, Emma, Arthes e Ivanna esperaban a que las tropas de la bruja hicieran su aparición.

 

Alex abrió los ojos y miró a su alrededor para darse cuenta de que Alsgar no se encontraba en la pequeña cabaña. Sobresaltado, se levantó y salió al exterior. Fuera de la cabaña, en un pequeño fuego, Alsgar estaba cocinando un pequeño animal, lo que parecía una cría de esa especie de jabalí que arrastraba de la carreta de los Ciuatros.

–Pensé que te habías ido y me habías dejado.

– A los amigos no se les abandona – Replicó indignado el duende – Estaba buscando el desayuno.

Alex sonrió.

–Comamos, ya está listo – Dijo Alsgar mientras tajaba un trozo de la carne del animal.

Ambos comieron y, al terminar, el duende guardó la comida sobrante en su bolsa, enrollada en uno de los pequeños manteles, mientras Alex recogía las cosas y se preparaba para iniciar de nuevo la marcha.

La montaña, de un momento a otro, comenzó a devolver el sonido de unos pies apresurados que compactaban a su paso las piedras, algo mucho más pesado que la caravana de los Ciuatros de la tarde anterior.

–Alsgar, ¿lo escuchas? – Dijo el joven, mientras su curiosidad le llevaba a correr por el sendero que había seguido el duende la tarde anterior.

–¡No, Alex! ¡Puede ser peligroso! – Le intentó prevenir el duende, sin éxito. Salió en su busca.

Alsgar corrió todo lo rápido que pudo, pero Alex le aventajaba varios metros, hasta que se detuvo en la roca de la tarde anterior.

En el sendero, algunos metros más abajo, marchaba una pequeña caravana.

Diez orcos precedían una carreta en la que, el enjaulado Allyant, veía pasar su tiempo y que, a su vez, era custodiada por otros seis orcos en su retaguardia.

–¡Agrrr! Odio las montañas – Dijo el orco que iba a la cabeza de la caravana – No son más que piedras vacías e interminables senderos.

Un breve reflejo cegó por un segundo a Alex y Alsgar, que estaban apostados tras la roca, como el creado por un pequeño espejo al reflectar el sol.

Del otro lado del sendero una carreta tirada por otra bestia como la de los Ciuatros, con un encorvado encapuchado a su lado, aparentemente anciano, corta el paso a los orcos.

–¡Viejo! ¡Deja paso! – Dijo el orco al intentar empujar al anciano.

Al ir a tocarle, la vieja cosaca del anciano se transformó en una capa roja, y dejó ver a un joven que se ocultaba bajo ella, con un pequeño bastón en su mano. En su punta, un aro dorado del cual destellaban rayos, como los del sol, hacia su exterior. En su interior, una media luna que engarzaba una piedra coralina. Los ojos del joven comenzaron a brillar, del mismo color que la piedra del bastón, mientras agarraba de la muñeca al orco.

–No deberías de tratar así a los ancianos de tu camino, bestia – Dijo el joven, mientras el orco soltaba un alarido de dolor y comenzaba a convertirse en ceniza.

Al mismo tiempo, de la carreta y de los lados del sendero, varios humanos y elfos más salieron de sus escondrijos, acabando con los orcos de la caravana quienes, ante la sorpresa, no les dio tiempo de reaccionar antes de perder la vida.

El encapuchado se acercó a la cerradura de la jaula de Allyant y, tocándola de igual forma que al orco, la derritió. Allyant, dándole un golpe con su pie a la puerta, abrió la jaula y salió de ella.

–Ya era hora – Dijo Allyant – Llevaba dos días esperando a que me sacarais.

–Nos retrasamos un poco – Dijo uno de los elfos, mientras se acercaba y saludaba con choque de manos a Allyant.

El elfo lucía una armadura negra, con girones y detalles naranjados. Llevaba el pelo rojizo, rizado pero corto.

–Gracias, Olvor – Le dijo Allyant, mientras terminaban su fraternal saludo.

Alsgar, asustado en el borde de la roca, dijo en voz baja a Alex:

–Deberíamos irnos, no debemos estar aquí.

En su nerviosismo, el duende pisó una de las pequeñas piedras que cayó por la ladera y, en un acto reflejo, el mago lanzó desde su bastón un rayo coralino hacia la roca donde estaban Alex y Alsgar.

El rayo fue rechazado por Alex, sobre el cual se dejó ver, por unas milésimas de segundo, una aureola que le recubría, mientras su colgante destellaba, pero fue absorbido en su totalidad por el duende, que cayó desplomado rodando por un pequeñísimo camino entre la roca y el sendero de más abajo, mientras los atacantes de los orcos se acercaban a él, blandiendo sus espadas.

Alex, al ver a su amigo en peligro, salió en su busca sin pensárselo por un segundo, bajando entre deslizamientos el resbaladizo camino.

–¡Dejadle quieto!

Olvor se acercó a los dos, desenvainando su espada y poniéndosela en el cuello a Alex.

–Tu magia no te salvará del filo de mi espada, espía.

Tras todo el alboroto formado en ese segundo, la voz del mago sonó extrañada.

–¿Alex?

Abriéndose paso entre las caras expectantes de todos los presentes y el asombro de Alex, el mago se acercó al joven.

–¿Qué haces tú en este mundo?

Al mirar a la cara del mago, Alex le reconoció enseguida. Era el nuevo profesor de acondicionamiento físico de su instituto, aquel que le había llevado a casa la otra tarde en su Mustang.

Al observarle, el mago vio que le cubrían las capas dadas por los espíritus del viento.

Allyant se acercó al mago.

–¿Quién es el chico?, hermano.

–No es de este mundo... Es de Issen – Respondió el mago, sin quitar la vista de encima a Alex.

–¿Qué haces en Ixlar? – Preguntó Allyant a Alex.

–He venido con mi amigo, vamos a ver al hombre atrapado en la gruta.

El mago y el elfo se miraron entre sí, mientras Olvor y los demás envainaban nuevamente sus espadas. El mago cerró sus ojos y se agachó para tocar al duende. Alex, alarmado, sacó el pequeño cuchillo para el queso que llevaba en su bolsa y lo dirigió al mago.

–¡Ni se te ocurra! ¡He visto lo que le has hecho antesal orco!

–Tranquilo – Le respondió el mago – Voy a despertarle, no le haré nada.

El mago tocó al duende en la frente y, de un solo golpe, curó las heridas provocadas por la caída, despertando a Alsgar, quien de un salto se puso en pie.

–Dime duende – Dijo Allyant – ¿A qué familia sirves?

–¡Yo no sirvo a nadie, yo soy libre! – Dijo Alsgar con indignación.

–Así que tú eres el famoso Alsgar – Dijo el mago complacido.

–Sí, soy yo – Dijo valientemente el duende, acobardándose al fijarse en el mago.

–Y os dirigís a la isla del lago Hammony, a ver al encapuchado en el hielo.

–Sí, así es – Contestó Alex, mientras Alsgar se escondía tras su pie y tiraba de su capa en señal de que no hablara.

El mago miró a Allyant, quien pudo intuir sus intenciones.

–Bien, os acompañaremos en ese viaje

–¡No! Deberíamos ir a Roner, hay una guerra a punto de desatarse allí – Replicó Olvor, de manera enérgica.

–Olvor, Edriel sabe perfectamente defender su bastión, este viaje será mucho más productivo. Además, Hammony esta tras esas laderas de ahí detrás, lo que nos llevará dos días a lo sumo.

Allyant puso una mano sobre el hombro de Olvor y éste aceptó el nuevo camino sin oposición.

–Perdona, Alex, mi nombre es Albcis, este es mi hermano Allyant y él, su capitán Olvor.

El duende abrió, en señal de sorpresa, sus enormes ojos y se dispuso a hablar cuando, disimuladamente, vio que el mago le pedía en un gesto que guardara silencio.