XIV

Tímidamente aparecieron los primeros rayos de sol en la colina que separaba Ometh de Elibar cuando, ante las expectantes tropas de Roner, apareció un Ciuatro que enérgicamente, de espaldas a ellos, daba indicaciones. Pocos segundos más tarde, arrastradas por enormes trolls, hicieron su aparición seis enormes catapultas, custodiadas por los ejércitos de la bruja formados por orcos, minotauros y centauros negros que inundaban el tranquilo amanecer con sus rugidos, sedientos de sangre.

–Las fichas se mueven en el tablero – Dijo para sí misma en alto Ivanna, mientras observaba, en compañía de Emma y Arthes, desde el pináculo de Roner.

Al otro lado, en la colina, sobre una enorme piedra, un minotauro esperaba las indicaciones para iniciar el ataque.

Más atrás, en el interior del campamento de las tropas de la bruja, Jaydor, en su caballo, se acercó a la zona más lejana de la batalla, donde un enorme grupo de Ciuatros se apresuraban a preparar unos barcos sin vela, que esperaban anclados a tierra firme.

–Tenéis diez minutos antes de que los necesitemos – Les gritó y los Ciuatros activaron unas máquinas, como grandes fuelles, que inyectaban aire a unas inmensas lonas, mientras, a los barcos se acercaban varios cientos de encapuchados negros.

Jaydor, dando un tirón de las riendas de su corcel, volvió sobre sus pasos al galope hasta subir a la roca donde le esperaba el minotauro. Inspiró profundamente.

–Huele a una mañana de sangre y saqueo, que no haya supervivientes, no queremos rehenes.

El minotauro lanzó un profundo rugido que recorrió colina abajo, mientras los jefes de los diferentes grupos respondían de igual forma.

Al otro lado, desde una de las torres de las murallas, Noah gritaba a sus tropas.

–Apuntad a su cuello si es orco, a su corazón a los minotauros o centauros. No tengáis compasión, ellos no la tendrán si estuvieran en vuestro lugar. ¡Por Anres! ¡Por una Ometh libre! ¡Descargad!.

Los miles de elfos, apostados en las murallas, dispararon sus arcos y, las flechas, como una enorme nube gris, abatieron gran parte del primer frente que bajaba la colina entre rugidos hacia las tropas apostadas en las puertas de Roner.

–¿Elfos azules? – Exclamó Jaydor – Se pone interesante la mañana.

Entre las diferentes descargas realizadas por los elfos, las tropas que llegaban al frente de Roner entremezclaban sus espadas con las tropas de asedio y caballerías de la ciudad, que se apuraban en enfrentar la superioridad numérica de los aliados de la bruja.

Mientras comenzaba la batalla a las puertas de Roner, un batallón se adentraba, armado con hachas y antorchas, en el bosque negro, capitaneados por el orco Gûrm.

–¡Quemad! ¡Cortad! ¡Acabemos con todo y drenemos el lago de la bruja del bosque!

El ruido que hacían a su paso les impedía darse cuenta que eran observados desde el interior de los árboles.

Frente a ellos, en medio de la maleza, apareció una joven de aspecto frágil. Gûrm, al verla, rompió a reír.

–¡Así que tú eres la bruja del bosque!, No pensé que iba a ser tan fácil destruirte.

La joven sonrió de una manera que enfrió el corazón de Gûrm, el cual notó una sensación extraña para los orcos, el temor.

La joven abrió descomunalmente su boca, mostrando sus afilados dientes, a la vez que un profundo rugido inundó el bosque mientras, de un salto, su desafiante mirada la convirtió en una pantera negra de inmensas dimensiones que arrancó de un bocado la cabeza de Gûrm.

La sorpresa por la reacción de la joven en el batallón fue evidente, pero mucho más fuerte la sed de sangre desatada entre los orcos, que comenzaron a cargar contra la pantera.

De todas direcciones comenzaron a atacar más panteras, ante la defensiva de los orcos del batallón pero, en cuestión de minutos, habían acabado con el batallón de orcos.

Era el turno de los árboles, que enterraban, con finos movimientos entre sus raíces, los cuerpos muertos de los dos bandos y movían la tierra, para despejar de todo rastro de la batalla.

Las horas avanzaban lentamente, mientras las hordas de los ejércitos de la bruja, aunque en gran parte abatidos por las flechas élficas, casi tenían exterminados a la caballería y las tropas de protección que defendían Roner, mientras un grupo con un enorme ariete llevaba varias horas intentando abrir el portón de la ciudad, renovando cada troll caído por las flechas de los elfos.

Las tropas negras ya estaban a punto de poder atravesar las puertas de Roner, cuando otro cuerno resonó. En el fondo de la llanura, una gran humareda sólo dejaba ver un estandarte con el girón y la hoja. Las caballerías de ayuda habían llegado. El ejército negro reubicó sus filas ante los nuevos combatientes, dispuestos a hacerles frente, mientras continuaban combatiendo con los pocos supervivientes del frente y protegiéndose, con sus rudimentarios escudos, como podían, de las flechas de los Elfos.

La puerta de Roner cayó entre el estruendo del choque de las caballerizas con las tropas negras.

–La puerta ha caído – Exclamó Emma desde la torre más alta.

Al otro lado, sobre la colina, Jaydor sonrió complacido, mientras mandaba a cargar las tropas que aún quedaban esperando su intervención, los cuerpos de élite de las tropas negras.

Orcos y minotauros, sobrenaturalmente desarrollados, y mucho más inteligentes que sus hermanos de raza.

Rápidamente se colaron entre los combatientes en el frente, y se introdujeron en la ciudad, ante la carga de los elfos contra ellos.

Un enorme viento se levantó y numerosos pequeños girones de humo, en rápidos movimientos, ayudaron a las tropas en el frente y dentro de los primeros niveles de la ciudad, que desmembraban rápidamente a las tropas negras.

Jaydor observaba expectante desde el otro lado.

–Bien, ya han llegado nuestros visitantes... ¡Soltad las naves!

Tras la colina de Elibar aparecieron siete enormes cascos de navíos, sujetos a bolsas de aire, como zeppelines, que se dirigían rápidamente a la batalla. En ellos, los encapuchados negros, lanzaban a los espíritus del aire combatientes sus rayos.

Los espíritus alcanzados fueron paralizados, y después, rematados por las tropas de la bruja, ya que esa era la única forma de que las espadas enemigas pudieran ver a sus oponentes.

–Han traído magos negros en esos barcos voladores, estamos perdidos – Dijo Emma con apuro ante la mirada de Ivanna y Arthes.

–¡Noah, que tus arqueros abatan los barcos! – Gritó Ivanna desde el pináculo.

Y el Rey de Rôrj dirigió a los arqueros de los niveles superiores a las naves.

–¡Destruid sus bolsas de aire!

Las tropas negras de élite era algo con lo que aún no se habían enfrentado nunca en ese mundo, y avanzaban matando rápidamente en la ciudad, pese al esfuerzo hecho por los elfos y los espíritus del viento, estos últimos contrarrestados por la magia de los magos negros. Noah, al ver este hecho, saltó de la torre de la muralla del tercer nivel, aún feudado por una puerta asediada ya por los trolls, y se mezcló en la lucha como nunca antes, ni los de su propia especie, le habían visto. Una rabia descontrolada dirigía sus actos y se abría paso entre los cuerpos de los guerreros caídos.

Las flechas de los elfos volvieron a oscurecer al sol, pero esta vez en dirección a los barcos, impactando en sus velas, aquellas que no lo hacían, en sus pasajeros o en sus cascos. Varias fueron las descargas hasta conseguir que una de las naves cayese del aire, impactando contra la llanura y destruyéndose.

Jaydor, hasta el momento impasible, lanzó un rugido al aire, que resonó en toda la llanura y, tras él, aparecieron tres dragones de Hasirk, los más fieros de todos los dragones de Ixlar, cabalgados por orcos, que comenzaron a lanzar sus fuegos contra las flechas y los elfos arqueros.

– Ahora sí comienza la batalla, Roner caerá a cualquier precio.