XV

Los cuervos volaban en dirección contraria al viento, rumbo a Roner, a través de las montañas. Entre ellos, Tebba, que desde su posición, divisaba el sendero del paso de Onûrm, donde vio la extraña caravana formada ahora por Alsgar, Allyant, Olvor, Alex y el mago rojo Albcis, junto al resto de la tropa de la rebelión.

– ¿Que te ha llevado a querer ver el encapuchado en el hielo, Alex? – Preguntó interesado Allyant.

–Hace años que tengo una pesadilla con él, y algo me dice que debo verlo.

–¿Un sueño?, ¿por eso hacemos este viaje? – Irrumpió Olvor molesto.

–Los sueños, a veces, son recuerdos ya olvidados que regresan a nuestra mente – Dijo con misticismo Albcis.

Al escuchar la bandada de cuervos, el mago, ocultó más su rostro bajo su capucha.

–Cuervos de las tierras de Esterhmus – Dijo Olvor, mientras observaba el cielo.

Alex miró a Alsgar.

–Aves al servicio de la bruja negra, espías – Dijo en voz baja el duende.

–Será mejor que aligeremos el paso, avisarán a la bruja de que me habéis liberado y el rumbo que tenemos. – Dijo Allyant.

El grupo comenzó a caminar más rápido.

–Estamos a unas horas de distancia del lago – Dijo el mago – Llegaremos antes del atardecer.

 

El sol comenzaba a declinar en el horizonte cuando, cada vez con más fuerza, los dragones asediaban a los arqueros élficos entre vuelos rasantes que destruían parte de algunas de las torres y casas. Salían llamas de sus bocas mientras los barcos, libres de las flechas, podían seguir paralizando a los espíritus del viento, para ser exterminados por las tropas negras.

Roner cada vez estaba más deteriorada, pues aunque las tropas negras aún no habían logrado conseguir pasar del tercer nivel de la ciudad, las catapultas y los dragones habían infligido muchos daños a los edificios de la ciudad y los dos primeros niveles ardían con virulencia.

–Nuestra ciudad está perdida – Dijo Emma con desesperación mientras, tras ella, Ivanna y Arthes, un humo se condensaba.

–Aún falta otra de nuestras armas, Emma, no temas.

–Reina Edriel – Exclamó la anciana mientras se inclinaba.

Edriel levantó sus manos, al mismo tiempo que se nublaba el soleado día que, hasta el momento, había iluminado la batalla, hasta ocultar el sol totalmente y, bajo las tormentosas nubes, desde lo alto de las montañas, miles de Grifos e Hipogrifos hicieron su entrada, atacando a los dragones y barcos así devolviendo la ventaja a Roner.

Junto a ellos, los cuervos hicieron su aparición en escena, como carroñeros. Oculto entre ellos, Tebba se acercaba a Jaydor a toda prisa.

Los barcos cayeron presa de los Grifos e Hipogrifos al servicio de Edriel, mientras que los dragones malheridos regresaron tras las fronteras de Elibar.

–Jaydor, tengo un mensaje de la Reina – Dijo Tebba mientras se acercaba al troll – Abandona la batalla, toca la retirada, la misión en el bosque negro ha fracasado.

–¡Jamás! ¡Roner caerá!

–Nuestras tropas están a punto de ser aniquiladas – Replico el pájaro – Es una orden de la bruja negra.

El troll tomó del cuello a Tebba y apretó su gaznate, en señal de desaprobación, mientras resoplaba rabiosamente. Abriendo su boca lanzó un agudo rugido que recorrió todo el lugar, desde su posición hasta el mismísimo pináculo de Roner, donde una sonriente Edriel miraba hacia el lugar de dónde provenía el rugido.

–La bruja bate en retirada – Dijo complacida la reina.

Las pocas tropas supervivientes de las filas negras batieron en retirada, mientras aún eran perseguidas hasta los lindes con Elibar, donde Jaydor resoplaba, rabioso por la derrota.

–Esto no quedará así, aplastaré Roner, aunque sea con mis propias manos – Dijo el troll en voz alta, aunque para sí mismo mientras, de un tirón, hacía girar a su caballo y se adentraba en las tierras de Elibar.