XVI

El atardecer estaba bastante avanzado cuando Alsgar, Alex, Allyant y Albcis, junto a sus compañeros, divisaron el embarcadero del lago Hammony.

–La isla esta justo ahí – Dijo el mago, señalando a un pequeño cúmulo de niebla en el centro del lago.

El embarcadero era simple y estaba desgastado por el paso del tiempo. El lugar estaba aparentemente abandonado desde hacía muchos años, pero en él aún había dos barcas amarradas a su pantalán, además de varias antiguas embarcaciones en la orilla abandonadas.

–Tomaremos esas dos barcas – Dijo Allyant, refiriéndose a las que se encontraban ya en el agua.

–No hay remos con las que hacerlas avanzar – Dijo Alex fijándose en su interior mientras subían el resto de compañeros de viaje.

–Eso no es problema – Le contestó Albcis, mientras le tendía una mano para que subiera en su bote.

En uno de los botes junto a Alex, Alsgar, Allyant, Albcis, Olvor, dos elfos negros más; en el otro los siete rebeldes restantes: tres humanos, dos elfos blancos, un enano y un elfo rojo.

El mago levantó su vara, haciendo brillar la piedra, y las barcas comenzaron a moverse en el agua rumbo a la isla.

– Acamparemos en Hammony esta noche, volveremos al amanecer – Dijo Allyant a Olvor, quien asintió – Por fin verás al encapuchado – Dijo mientras contemplaba a Alex.

Alex quedó pensativo ante las palabras del Elfo – “¿Habrá valido la pena el camino, el tiempo empleado? ¿Quién es ese encapuchado?” – Entonces recordó el agobio que sentía al soñar con él, y una sensación de terror recorrió todo su cuerpo.

 

El corcel de Lenaih atravesó la última garganta de tierra y comenzó a ver el estrecho sendero que conducía a las puertas del castillo negro. Un estrecho camino sujeto, a contra natura, por unos delgadísimos apoyos de piedra sobre un lecho de lava burbujeante. Un lago de magma en el corazón de una tierra oscura y tenebrosa, como la noche más lóbrega, en su centro, un pedrusco de roca maciza alojaba una torre más negra aún que la propia piedra. Rodeada de altos muros de roca que la fortificaban, se mezclaban con los salientes del punzante pedrusco que la alojaba. Su torre, terminada en lo más alto con cuatro enormes agujas que marcan los puntos cardinales, abierta al aire, alojaba la sala de estancia principal de la Bruja.

Lenaih recorrió a toda prisa el sendero y se adentró en la torre a través de sus inmensas y negras puertas, en sus caballerizas cuidadas por orcos, dejó su corcel. A su llegada, un minotauro la esperaba.

–Ranum, ¿qué ha pasado? – Dijo Lenaih al minotauro.

–La bruja ha retirado las tropas de Roner, Íoner sigue con vida.

Lenaih se adentró en la torre y subió las interminables escaleras que conducían a la sala de la Bruja donde, en un trono de espinas de acero cuyo respaldo estaba fabricado con espadas de sus enemigos, la esperaba.

La sala era una enorme estancia redonda al aire libre, donde cuatro enormes agujas delimitaban las entradas a la misma y daban acceso a las escaleras, que bajan y suben, entre las agujas de piedra. Unas canaletas alojaban un fuego verdoso, que se unía a los colores rojizos que subían del lago de lava e iluminaban la estancia, en su centro, sobre un escalón formado con huesos de sus enemigos, el trono de la bruja.

–Mi señora, ¿por qué habéis retirado las tropas de Roner?

–Íoner sabe muy bien cómo defenderse, y el rey Noah, se ha unido a las tropas de Edriel.

Las últimas palabras de la Bruja cayeron como un jarrón de agua fría a la Elfa, que apretaba sus puños de la rabia contenida.

–¡Ese maldito!, pagará su insolencia – Exclamó la elfa furiosa.

La bruja sonrió mientras se levantaba de su asiento y caminaba, con paso lento, hasta su posición.

–Tranquila, mi capitana, llegará el momento en que puedas matar a tu padre con tus propias manos – Dijo soberbia la Bruja – Y hacer pagar a todo su pueblo su osadía. Por ahora, dejémosles pensar que han ganado esta batalla y reorganicemos nuestras fuerzas – Prosiguió la Bruja. Mientras se acercaba a un pedestal con una esfera negruzca – Jaydor está de camino a esta fortaleza y ya sabemos el secreto que mantiene con vida a Íoner.

–Hablando de eso mi señora, le encantará saber la opinión del asunto que tiene Daniel. – Irrumpió.

–¿El vampiro?, soy todo oídos...