XVII

Las barcas llegaron a la isla de Hammony pocos minutos después de haber zarpado, y sus ocupantes bajaron a la orilla. Allyant organizó al segundo bote para que montasen un pequeño campamento en el que pasar la noche, mientras ellos iniciaron el sendero hacia la entrada de las grutas de la isla.

La pequeña isla, de tamaño casi circular, era un peñasco en el que se alojaban las ruinas de lo que fue un majestuoso castillo en su pasado, justo al borde de unas inmensas cataratas de varios cientos de metros de altura, adentradas en los valles del reino regente, ahora desértico y ennegrecido por del poder de la bruja.

–¿Qué era este lugar? – Preguntó Alex en voz alta.

–El castillo de la estrella – Respondió Allyant, dejando entrever una tristeza desoladora en su alma.

–Por aquí están las grutas – Dijo el mago, señalando a la parte del castillo que daba hacia el abismo de las cataratas, en el que el sonido del salto de agua hacia casi imposible que se escuchara palabra alguna.

El grupo apresuró sus pasos hasta que dieron con una simple entrada en la base de la roca, a sus lados, dos antorchas, ahora enmohecidas, señalaban que hubo algo en su momento.

– Aquí es – Dijo el mago con dificultad, por el sonido del agua – Esta es la gruta.

Alex miró a Alsgar, el cual asentía con la cabeza, y respiró hondo, el momento había llegado, estaba ante la gruta de sus sueños.

El joven miró a sus acompañantes y se adentró en la cueva, seguido por ellos. En ella, Alsgar tomó una de las primeras antorchas de las paredes, ahora apagadas y, con la ayuda de Albcis, la encendió rompiendo la oscuridad reinante.

Con ella fueron dando vida a las antorchas que, a cada poco, salteaban las paredes de la cueva, aunque casi no hacían falta. Con la luz de una sola antorcha las paredes brillaban como si estuvieran hechas de roca fundida con miles de pequeños cristales que reflectaban la luz, como las cuevas con oro que había visto en las películas del oeste.

Definitivamente esa era la gruta de su sueño. Podía reconocer, de los sueños, cada piedra que iba encontrando a su camino, bajo la atenta mirada de sus acompañantes.

Sabía el camino exacto que seguir entre las numerosas galerías que se abrían a su paso en algunos puntos. El lugar le era extrañamente familiar. Entonces, al fondo de la gruta, ahí estaba, la luz, ese blanquecino-azulado de su sueño, y a pocos metros, estaba él.

Alex se paró, presa de su propio miedo. Alsgar, al ver la reacción de su amigo, se acercó a él.

–Ahí está, ¿querías verle, no?, necesitabas hacerlo. No lo pienses, vamos – Dijo sus últimas palabras mientras tiraba de él.

 

Tebba sobrevolaba ya el castillo negro de la bruja mientras, expectantes le esperaban. Al tomar tierra en la sala de la bruja, por primera vez tomó su forma real en mucho tiempo, cosa que sólo podía hacer frente a su creadora. Las plumas y el cuerpecillo de cuervo dejaron paso a una esbelta figura femenina, con alas en vez de brazos y boca en forma de pico. En su frente, una diadema de metal negro, su pelo estaba formado por largas plumas que, a lo lejos, podrían confundirse con cabello humano.

–Mi señora, Allyant ha sido liberado por un grupo de rebeldes.

–¡¿Cómo?! –Exclamó furiosa Lenaih.

–Pero hay más – Prosiguió Tebba – Junto al grupo de rebeldes está el elfo libre.

La reina arqueó una de sus cejas mientras una macabra y lúgubre sonrisa se dibujaba en su rostro. Puso su mano sobre la esfera negruzca, que comenzó a brillar en su interior, dejando ver girones negros, lilas y verdes.

–Lenaih, prepara un batallón, y venid. Convocaré a Medius, hoy tendrás el punzón de ese duende, y yo, a mi sobrino bajo mi control y mando.

 

Los blancos y azules cada vez se hacían más fuertes e iluminaban con más poder la gruta, a cada paso que avanzaban por ella, hasta que lo encontraron. Frente a Alex y sus compañeros, un enorme bloque de hielo, en él, una silueta oscura atrapada.

–El encapuchado en el hielo – Dijo Alsgar. La sensación que recorría a Alex ahora no era la misma que en sus sueños, una tranquilidad inmensa, y una curiosidad por tocar la piedra. Sin pensarlo, sus pies comenzaron a moverse los últimos metros hasta el bloque de hielo.

Alsgar, alarmado, intentó impedírselo.

– Alex, puede ser peligroso, podría embrujarte – Dijo el duende, pero Alex no le oía, continuaba su camino. Hasta que un saliente en el suelo de la gruta le hizo tropezar, cayendo de rodillas a pocos centímetros del bloque de hielo.

La bolsa de cuero que llevaba, en su caída, se abrió, saliéndose de su interior el fruto del árbol de Elibar, que rodó hasta chocar con la pared de hielo.

La blanquecina esfera nubló su interior en ese momento y comenzó a mostrar imágenes nítidas.

Iris, tiene a Alex entre sus brazos, se lo entrega a su padre, un hombre de blanco rostro, y pelo castaño, su sonrisa ilumina toda la escena.

–Ha sido un niño – Dice la duendecilla al hombre, mientras éste toma al bebé en sus brazos.

Entre sonrisas de alivio y alegría y, embaucado por una inmensa emoción, el hombre habla a Alex mientras, de fondo, suenan las campanas del reino y el sonido de los artificios que inundan el cielo comienzan a escucharse.

–Alex.... ¿Escuchas eso?, es para darte la bienvenida, hijo.

La puerta de la habitación se abre y en ella entran dos niños, el primero, de rizos castaños como el chocolate, de unos 6 años de edad, y el pequeño de unos 5 años, entre gritos y juegos, pidiendo ver al bebé.

–Os presento a vuestro hermano, Alex. – Dirigiéndose al recién nacido – Alex, estos son tus hermanos Allyant y Albcis.

La imagen cambió, y mostró la gruta.

Alex regresa en brazos de su padre, con la flor de Ahice en su pecho. El hombre le entrega el bebé de nuevo a su madre y, del suelo de la gruta, toma un puñado de tierra, que envuelve en un pañuelo.

–Verás Alex, en nuestro mundo todas las familias reales tenemos duendes a nuestro servicio, pero tú eres muy especial, por ello tu duende también lo será.

El hombre cierra fuertemente sus ojos mientras sujeta con su mano abierta el pañuelo con la arena en la palma de su mano, y las yemas de sus dedos comienzan a brillar, rodeado con ese brillo, el saco formado cae al suelo. De él comienza a formarse un pequeño duende, de aproximadamente la misma edad que Alex en ese momento.

–Alex, él se llamará Alsgar y será tu duende.

De la nada aparece otra duendecilla, que toma a Alsgar entre sus manos.

–Drumilda, por favor, cuida de Alsgar hasta que esté preparado – Dice amablemente la madre de Alex y la duende desaparece.

Del fondo de la gruta comienza a escucharse ruido de batalla y el semblante de los dos padres cambia.

–No pensé que fuera tan pronto – Dice la madre de Alex, desesperada.

Iris aparece en la gruta, con sus pequeños ropajes manchados de sangre.

–Señora, la Bruja viene de camino.

–¿Y los niños? – Pregunta la madre de Alex.

–Allyant fue sacado del castillo por Oliver, y Rufus aseguró la habitación de Albcis.

El padre, ante la desesperación, corre hasta la orilla del lago helado y abre un portal con su dedo índice, el cual destella, retrocede y toma de la mano a la madre de Alex.

–Cruzad el umbral, Marie no podrá seguiros a Issen, allí no tiene poder, yo me encargaré de Allyant y de Albcis, se reunirán con vosotros allí.

–No, no te dejaremos atrás, esperaré a que vuelvas – Dice la madre con apuro, entre sollozos.

–Adelantaos, ¡Iris llévatela!

Iris arrastra de la madre de Alex y del pequeño hacia el interior de la abertura, desapareciendo tras ellos.

–Adiós hijo – Dice entre lágrimas el padre, mientras vuelve al inicio de la cueva.

Llega justo ante la bruja negra, seguida de varios encapuchados negros.

–Marie, Así que serás tú la que quiere el desequilibrio.

–Anres, hermano, parece mentira que con tu todopoderoso poder no supieras que era yo. Así que es verdad, que hasta los más poderosos caen.

De las manos de la bruja, y de sus diez acompañantes, rayos de energía verduzcos impactan sobre el hombre, que repele el ataque con un enorme escudo de energía, que impactó en las paredes de la gruta y que, lentamente, crea el bloque de hielo que le atrapa y, al mismo tiempo, selló la entrada al lago helado donde está el fénix, Alddor.

La imagen se desvaneció ante el asombro de los presentes en la cueva que, por un segundo, no podían dejar de mirarse unos a los otros, hasta que el momento es roto por un destello que recorrió varios metros la cueva, reflectado por los diminutos cristales de las paredes.

El sonido de las tropas negras inundó rápidamente la gruta, se acercaban a su posición y no había escapatoria.

–Son tropas de la bruja negra – Dijo Olvor quien, desenvainando sus espadas, se adelantaba a su encuentro.

Alsgar reaccionó inmediatamente y sacó su Urm, lanzándoselo a Alex.

–Visualiza donde quieres ir y haz un trazo firme en el aire, abrirás un portal a ese sitio.

–¿Pero tú no vienes conmigo? – Preguntó Alex.

–Ahora sé a quién pertenezco, y no puedo dejarte correr peligro. Huye con tu hermano

Alex cerró fuertemente sus ojos e hizo un rápido trazo en el aire, abriendo un portal.

–Vamos Alsgar, ven conmigo – Gritó con apuro el joven a su amigo.

–¡No! – Alsgar, de un salto, empujó a Alex y a Allyant dentro de la obertura, que se cerró tras el segundo, y miró hacia Albcis.

–Me encargaré que no os ocurra nada – Dijo el mago, mientras metamorfoseaba su capucha del rojo usado hasta ahora a una negra y desapareció de la escena.