II

Al escuchar desde la cocina la pregunta, la curiosidad de Alex aumentó al máximo y su imaginación se disparó. – “¿Será él? ¿Habrá venido a buscarme? ¿A conocerme?...” Se cumpliría su sueño, su madre normalmente no era tan fría con nadie, solo podría serlo si él volvía.

–¿Es así como me saludas después de tantos años? – escuchó de una voz masculina.

Alex, ilusionado y a la vez temeroso, dejó lo que estaba haciendo y, con sigilo, caminó el corredor que separaba la cocina de la sala.

“Debo verlo, debe de ser él” – Era lo único que resonaba en su cabeza.

–¿Pretendes que te reciba con vino caro y que celebremos todo este tiempo contando batallitas? – Replicó su madre.

–Con un “Hola cuñado” u “Hola Medius”  hubiera bastado. – Respondió con una voz bastante atronadora.

–Después de tu traición, no esperes que ni siquiera me guste nombrarte – Replicó con despotismo su madre.

–No todo es lo que parece, cuñada. Y ahora, si no te importa, en este lugar hay algo que me pertenece – Dijo el hombre suavizando el tono, aunque aún estricto.

Apartando a su madre, el hombre entró en la casa. Alex, desde el hueco del pasillo, observaba la escena mientras se armaba de valor para irrumpir en ella. Observó al hombre, alto y muy robusto, con barba, pelo negro y de tez morena, los ojos azules, como los de esos perros que le gustaban tanto, sus ropas, extrañamente antiguas, como de alguien que se hubiera escapado de una feria de la edad media. En su mano, un extraño bastón, coronado por una esfera de cristal azul rodeado de unas garras de plata.

Alex retrocedió con sigilo hasta su habitación, situada en la segunda puerta de ese pasillo y cogió su bate de béisbol, mientras escuchó a su madre decirle al hombre:

–Él no le pertenece a nadie, ni siquiera sabe nada.

Alex irrumpió tras las apuradas y temerosas palabras de su madre.

–¡Eh tú! ¡Deja a mi madre en paz y lárgate! – Dijo con voz autoritaria, mientras sujetaba su bate con fuerza.

El hombre le miró y, con amabilidad, cambió su agrio semblante.

–Vaya, tu eres el pequeño Alex. Hacía 15 años que te vi por última vez... Soy tu tío, me llamo Medius – Mientras extendió su mano hacia él para estrechársela.

“¿Mi tío?” – Pensó Alex para sí mismo mientras, poco a poco, bajaba la guardia, pero su madre se interpuso entre ambos.

–¡Ni se te ocurra tocarle!

–No es a él a quien he venido a buscar – Replicó Medius en tono corrector.

Medius olfateó el ambiente, como si oliese una fragancia reconocible y dijo, como para sí mismo en voz alta.

–Sí, aquí está. – Mientras una macabra sonrisa dibujaba su semblante. Tomó su bastón con fuerza y lo golpeó tres veces contra el suelo de la sala mientras, inusualmente, la esfera azul desprendía un destello dorado.

Cuando el bastón dio su último golpe en el suelo, una pequeña neblina de color verdoso hizo su aparición de la nada y, a pocos centímetros del pie de Medius, comenzó a dibujarse una forma inclinada, con una de sus rodillas tocando el suelo, para desaparecer dejando ver a un pequeño ser, de orejas puntiagudas que sollozaba.

–¡Alsgar! ¡Los duendes tenéis prohibido cruzar al otro lado y menos aún con dos Danks de oro, esas monedas son pena de muerte para alguien como tú! – Dijo en tono amenazante Medius.

Alex, totalmente asombrado, no podía dar crédito a lo que veía. Observó a su madre, la cual, a su parecer, debería estar como él, pero su rostro era de total normalidad.

Al lado de Alex, otra pequeña neblina, de tonos naranjas, dejó ver otra figura que salía de la nada, otro ser, de la misma especie del descubierto salió suplicando.

–Perdónele, oh Gran Ojo de Dragón, es joven, y sólo ha venido a traerme noticias de mis hijos – Este ser se giró ante la madre de Alex y prosiguió con su súplica –

Compréndame señora, llevo años sin saber nada de ellos, usted es madre y él es el único duende... – La madre de Alex la interrumpió, acariciando la cara de la pequeña duendecilla.

–Te comprendo – dijo con un tono muy cariñoso – Pero deberías haberlo comentado, sabes que es peligroso, y aquí tienes el ejemplo.

Medius prosiguió con su reprimenda al pequeño duende.

–Sabes bien que ningún duende debe de alejarse de su benefactor.

Alsgar se puso de pie en tono amenazante y respondió a Medius.

–Yo no sirvo a nadie, soy un duende libre, si tu propósito es tomar las monedas, aquí las tienes.

Alsgar extendió su pequeña mano y, en ella, estaban esas dos monedas tan raras que tuvo Alex antes en su poder. Medius las tomó de muy malas formas.

–Nos vamos de este lugar – exclamó Medius mientras guardaba las monedas y tomaba del hombro al pequeño duende.

–Sed clemente con él, sabio guardián – dijo la duendecilla, mientras Medius tomaba una de las garras que decoran su bastón y la colocaba en su dedo índice.

Con un rápido movimiento, dibujó una línea en el aire, mientras la punta de la garra destellaba, y, como si de un papel al romperse se tratase, se creó una abertura de la nada. Tomando bruscamente del hombro al pequeño duende, lo empujó hacia el interior de esa rotura que dejaba ver un oscuro pasadizo al otro lado, mientras el joven duende guiñaba un ojo a Alex, el cual miraba estupefacto la escena.

–Adiós cuñada, encantado de volver a verte Alex – dijo Medius mientras cruzaba, y un fogonazo de luz cerraba la rotura.