III

Los primeros rayos de sol entraban por la ventana cuando Alex se despertó de un sobresalto.

“Que sueño más loco”– pensó para sí mientras se incorporaba. Al levantarse, el colgante, que desde pequeño llevaba a su cuello, cayó al suelo rodando debajo de la cama. Alex se inclinó para recogerlo y, bajo su cama, vio, justo tras el pequeño detalle plateado, una pequeña caja de madera con unos dibujos grabados, muy antigua a su parecer. El joven tomó el colgante y sacó la caja de la penumbra, colocándola sobre el escritorio, aún con las libretas abiertas desde la tarde anterior.

Mientras la observaba con fascinación y se preguntaba cuánto tiempo habría estado eso ahí, con sus dedos recorría los detallados grabados de la tapa, desde los laterales hacia su interior, hasta llegar al centro, en el que un círculo encerraba el grabado de un pájaro, cuyas alas formaban el antiguo símbolo del Ying y Yang. Al pasar su índice derecho sobre él, el círculo se hundió en la madera, abriendo la misteriosa caja.

Alex, temeroso y arduo de curiosidad, abrió la pequeña caja. En ella, a simple vista, una hoja doblada de papel amarillento por el paso de los años. La sacó y, bajo ella, una pluma de escritura. Abrió la hoja y leyó la breve nota que contenía.

“Mi querido hijo Alex: Esta pluma está tan unida a ti como tú a ella. Forma parte de ti, nunca lo olvides, y sólo tú puedes hacer que cumpla su cometido.”

Alex, extrañado, fijó su vista entonces en la pluma. No se parecía a la de ningún ave que hubiera visto en sus libros, sus tonos naranjas y amarillos recordaban a un atardecer, y en su extremo, aunque redondeada, la coronaba una mancha negra que, en su centro, dibujaba una llama de fuego. Alex la tomó en su mano entonces y la débil pluma se endureció como si de una lanza se tratara, a la vez que la llama de la mancha cobraba vida y la pluma destellaba. Se asustó, y soltó la pluma, que cayó como una débil hoja en otoño de nuevo sobre la mesa.

–¿Alex, estás despierto? – preguntó su madre, a la vez que tocaba en la puerta.

–Sí – Alex se apresuró a abrir la puerta lo suficiente para que solamente pudiera verle a él.

–Ya está el desayuno listo, recuerda que hoy tenemos que podar las parras del jardín. –Ya me visto y salgo – Le contestó, cerrando la puerta de nuevo. A toda prisa, Alex se cambió y se puso sus ropas más viejas, saliendo dispuesto a acabar con las malas hierbas del jardín. Todo era poco para olvidar el hallazgo tan extraño que encontró bajo su cama.

La mañana, tras el desayuno transcurrió como lo hacía cualquier sábado soleado de marzo, mientras Alex se encargaba de podar la parra y arrancar las malas hierbas, su madre trasplantaba alguna de sus flores preferidas, con el fin de hacerles un verano más cómodo. A mediodía, ambos ya habían terminado sus tareas en el jardín. Alex se duchaba mientras su madre comenzaba con las labores en la cocina. Al salir del baño, regresó de nuevo a su habitación.

Sin percatarse de que la pluma aún estaba en el escritorio, tal y como cayó después de soltarla, comenzó a vestirse, cuando regresó de nuevo a su mente lo ocurrido.

Cerrando la puerta del armario, se acercó de nuevo frente al escritorio, tomó la carta y la releyó. “Mi querido hijo Alex”  y su mente, por un segundo, quedó en blanco, – “¿Será él?” –Pensó, con ilusión y temor a decepcionarse de nuevo. Apartó la hoja de su rostro y ahí estaba la pluma, sobre el escritorio, frágil, como si un soplo de aire pudiera partirla.

Respiró hondo y decidió guardarlo todo de nuevo, dobló la hoja y la puso en la caja, disponiéndose a coger la pluma.

En ese momento, el destello de la pluma cambió, del naranja, antes visto, a un violáceo eléctrico y su mente se nubló.

Una mujer recorre apaciblemente una gruta, iluminada por las llamas de las antorchas de las paredes, con un bebé en brazos, en compañía de un hombre, del cual solamente ve sus manos. Escucha las risas de complicidad entre ambos adultos, siempre pendientes del bebé. Logra reconocer a la mujer como su madre, pese a los raros ropajes que lleva, cuando la luz de la gruta cambia a tonos entre azules y blancos, los mismos del sueño con el encapuchado en el bloque de hielo.

–Hemos llegado – Dice el hombre en tono amable mientras toma en sus manos al bebé. La gruta se abre en una enorme cueva en la que hay un lago helado, del que sale esa luz azulada y blanquecina. En su centro, en un peñasco rodeado de cenizas, un pájaro en un nido. Un pájaro formado de llamas como el mismo fuego. El hombre comienza a caminar sobre el lago helado, mientras la madre del bebé espera en la orilla.

–Hoy hace un año que naciste, mi pequeño, y por ello te voy a regalar algo muy especial. En nuestra tierra, los reinados de nuestros reyes duran lo mismo que la vida de un Fénix, y ese es Alddor, el mío. Como verás está enfermo, y eso significa que algo pasará en breve, algo que escapa a mi control... Pero no todo es malo.

El hombre prosigue su camino, acercándose al centro del lago con el bebé en brazos.

–Los Fénix son criaturas maravillosas, capaces de crear el peor de los males y de repararlo con el mayor de los bienes, y un Fénix, cuando está próximo a extinguirse, llora una sola lágrima.

El hombre se para frente a la roca rodeada de cenizas y el pájaro lanza un doloroso quejido, mientras de uno de sus ojos cae una lágrima plateada, que da a parar a la superficie helada del lago. Del punto donde tocó la gota, del hielo comienza a brotar una flor que se cristaliza y el hombre se agacha a recogerla.

Toma una bocanada de aire y sopla la flor cristalizada y, de ella, comienza a caer el hielo como si de una escarcha brillante se tratara, apareciendo la misma flor en oro blanco. El hombre apoya la pieza de metal sobre el pecho del pequeño.

–Mi querido hijo Alex, esto es una flor de loto de Ahice, y al igual que una lágrima de Fénix, tiene el poder de curar cualquier mal. Solamente han existido dos en toda nuestra historia, una mía, y la que ahora a ti te pertenece. Espero que la tuya te proteja tanto como hizo la mía antes de desaparecer.

 

Una tristeza desoladora se apoderó de Alex mientras se desvanecía la visión entre los destellos violáceos de la pluma, que caía dentro de la caja junto a la hoja, mientras unas lágrimas recorrían su cara.

Al dejar de nuevo la caja sobre el escritorio, se fijó en que, justo a su lado, dejó el colgante que desde pequeño llevaba al cuello, el mismo que acababa de ver en la visión. Alex tomó el colgante con fuerza y lo apretó en su mano, mientras terminaba de secarse las lágrimas con sus puños. Salió de su habitación.

–¿Mamá? – Preguntó en voz alta, disimulando sus ganas de seguir llorando.

–Estoy en el salón – Respondió su madre ajena a todo.

Alex se colocó en el hueco de entrada al pasillo, desde donde veía a su madre sentada en el sofá leyendo. Abrió su mano, en ella la pequeña flor de loto.

–¿Quién me regaló esto? – Preguntó, con los ojos enrojecidos de aguantar las lágrimas.

–Ya no lo recuerdo, Alex, hace ya muchos años de eso – Respondió, notablemente nerviosa.

–¿Seguro que no lo recuerdas?... ¿No lo fuiste a buscar con mi padre a una cueva helada? – Las lágrimas de rabia y dolor, mezcladas, comenzaron a recorrer su rostro.

La madre de Alex endureció sus facciones y un silencio se apoderó de la sala.

–¿Quién te dijo eso? – Preguntó ella, fría como el mismo hielo de la gruta.

–Lo he visto yo mismo – Respondió Alex entre lágrimas y sollozos.

–Pero... ¿Cómo? – Preguntó para sí misma en voz alta. Alex volvió sobre sus pasos, tomó la caja que aún estaba abierta y regresó ante su madre de nuevo.

–Esto me lo mostró.

La madre de Alex, al fijarse en la caja, cerró con fuerza los ojos mientras se llevaba una mano a la boca. Durante unos segundos, que para él fueron eternos, solamente pudo esperar, hasta que se pasó nuevamente las manos por los ojos que, aunque cerrados, dejaron escapar algunas de las lágrimas que contenían, mientras balbuceaba algo en voz baja.

–¡Maldito seas, Medius! – Repitió en voz alta con rabia, mientras golpea con sus manos el sofá a su lado.

–Así que no fue un sueño lo que paso anoche – Le recriminó Alex.

Su madre le miró con una profunda tristeza en los ojos y exclamó:

–¡Iris!

Al igual, y de la misma manera que la noche anterior, la duendecilla reapareció de la nada en medio de la sala.

–Perdóneme señora, he cambiado mil veces la caja de lugar pero siempre volvía al sitio donde el joven la dejó.

–No es culpa tuya – Dijo abatida. Volvió a cerrar los ojos fuertemente mientras respiraba hondo. – Alex, siéntate, creo que ha llegado el momento de que sepas algo.