IV

–Provenimos de un lugar muy diferente a este, pero que, a veces, conviven en el mismo tiempo, aunque nunca en el mismo espacio, su nombre es Ixlar. Es un enorme continente compuesto por once Reinos: cinco claros, cinco oscuros y el Reino Regente.

Tu padre y yo éramos los soberanos de este último. Pero algo cambió. Un gran desequilibrio atacó en el momento más débil y sólo pudimos escapar tú y yo, con la ayuda de Iris. Me prometí a mí misma que nunca te contaría nada y que serías uno más de este mundo, pero, aunque he intentado alejarte de todo ello, al final, como decía tu padre, el destino siempre toca a nuestra puerta.

–¿Y él?, ¿Está vivo?, ¿Por qué no escapó con nosotros? – Interrumpió Alex, ansioso.

–Mientras corría contigo en brazos hacia la puerta a este mundo, el protegía nuestros pasos para que nada nos siguiera. Aún resuena en mi cabeza el “¡no mires atrás!” que nos gritó justo antes de cerrarse la grieta. No quería dejarte, si es lo que querías saber, y temo que ya no vive, al igual que tú llevo esperándole el mismo tiempo, pero ya he perdido toda esperanza.

–Y... ¿Quién es Medius? ¿Qué hacía aquí anoche?

–Medius es tu tío, hermano segundo de tu padre y es el encargado de vigilar y gestionar los portales entre este y los otros mundos. Anoche vino buscando al otro duende que viste, ya que había escapado sin permiso a nuestro mundo.

–Eso es mi culpa, mi señora – Irrumpió Iris. – Yo contacté con él para pedirle que me dijera cómo estaban mis hijos.

–¿Quién eres tú? – Preguntó con curiosidad Alex a la duendecilla.

–Soy Iris Bwon, decimocuarta generación al servicio de la familia de tu madre. Llevo cuidándola desde que era una niña y así lo haré, hasta que nos llegue el tiempo en que el gran espíritu Ikku nos reclame a su presencia.

Alex la miró con amabilidad y, de repente, una nueva duda asaltó su mente.

–¿Por qué le dijiste a mi tío que os había traicionado anoche? – Preguntó nuevamente a su madre.

–Parece que escuchaste bastante más de la conversación de lo que creía.

Su madre cambió su semblante y, con rabia contenida, prosiguió su contestación a la pregunta.

–Porque así fue, tu padre, cuando veía inminente el ataque, solicitó a su hermano un portal seguro para nosotros, y en un principio aparentó ser franco con él cuando accedió, pero ya se había aliado con ella para entregarnos a nosotros y obligarle así a someterse o entregar nuestro reino.

La madre de Alex le agarró de los hombros y, mirándole fijamente a los ojos, le dijo con desesperación:

–Nuestro mundo es demasiado peligroso, ya nada es seguro, y ahora me temo que en este tampoco, por favor Alex, prométeme que pase lo que pase no cruzarás ninguna de las puertas a él y que, ahora que sabes la verdad, estarás alerta en este mundo también.

Alex abrazó a su madre con fuerza y, al oído, le dijo:

–Te lo prometo.

–Guarda esa caja donde sólo tú sepas donde está, donde nadie la encuentre – Dijo su madre – Sólo te obedecerá a ti, y sólo se te mostrará a ti.

Alex se levantó decidido y se adentró por el pasillo, mientras la duendecilla se acercaba a la madre y, en tono maternal, dijo:

–Sabe tan bien como yo que le ha mentido, y que cruzará para buscarle.

La madre de Alex suspiró profundamente y contestó:

–Eso me temo, pero es tan testarudo como él, solo espero que esa flor de Ahice funcione realmente.

Aún no era media tarde y el sol resplandecía en su apogeo. Alex nuevamente salió al jardín, pero esta vez con una pequeña pala en una de sus manos y en la otra la dichosa caja. Buscó a simple ojo un lugar apto y allí comenzó a cavar un hueco en el que enterrarla.

Pasados unos minutos había cavado con la profundidad suficiente para que no se notara que allí se hubiera enterrado nada y depositó la caja de madera en el fondo del hueco, procediendo a cubrirla de tierra. Cuando terminó su labor, recogió la pequeña pala y se dispuso a entrar en la casa de nuevo, cuando le pareció sentir que no estaba solo en el patio, algo le observaba, y se puso alerta. Una pequeña sombra revoloteó moviendo los pequeños arbustos de la pared derecha del jardín hasta el pequeño cobertizo que estaba al fondo, casi chocando con la pared del vecino. Alex se dirigió allí, mientras agarraba la pequeña pala a modo de arma de defensa. Se acercó al cobertizo lentamente y en un rápido movimiento abrió la puerta.

–No me hagas daño – Suplicó el pequeño Alsgar.

–¿Tú?, ¿otra vez aquí? – Le recriminó Alex. – Te meterás en un lío, tú, y a nosotros contigo.

–Soy bastante listo, y sé muy bien como escapar a las visiones de Ojo de Dragón – Protestó el duende.

–¿Qué haces aquí?

–Ellas no le han contado toda la historia, aún hay más – Dijo el joven duende, despertando la curiosidad de Alex.

Alex se metió en el cobertizo, empujando más hacia su interior al duende, y cerró la puerta al mismo tiempo que le decía a la criatura:

–¡Cuéntame!

–La persona que atacó al gran Regente del pasado fue su hermana mayor, la hechicera negra, cegada por tener el poder de su hermano y someter a los reinos del Ixlar.

–¿Cuántos Reinos tiene Ixlar?

–Once, once sí –Contestó el gracioso duendecillo mientras repasaba con sus dedos.

– Pero dentro de cada uno de los once grandes hay más y la hechicera negra ya ha sometido a nueve de los once grandes... No puedo volver allí, no tengo a quien servir, me matarán por tener Danks del viejo orden – Dijo estas últimas palabras con desesperación.

Alex observó al pequeño duende y recordó lo que le dijo a su tío la otra noche.

–Está bien, te ocultaré hasta que puedas regresar, pero deberás evitar que nadie te vea, sobre todo Iris.

–Seré una sombra – Dijo el duendecillo mientras se ponía firme y, con su mano, accidentalmente, empujaba uno de rastrillos que, a su vez, tiró una de las viejas macetas de cerámica.

–¿Alex que pasó? – Gritó su madre desde la entrada al jardín.

–Tropecé – Respondió Alex, mientras miraba fulminantemente a Alsgar y este se disculpaba, con la misma mirada de un perrito triste. – Recoge esto y no hagas más ruido, cuando se hayan acostado ve a mi habitación – Le ordenó en voz baja mientras salía del cobertizo.

Alex volvió al interior de la casa y continuó el día, como si de un sábado más se tratase, con la única diferencia de que Iris ya se podía mostrar libremente. Ordenó su ropa, siguió con sus tareas de clase, e incluso ayudó a su madre a rodar los muebles de su habitación, (cosa que le daba por hacer cada poco tiempo) hasta que comenzó a caer la tarde.

El joven regresó a su habitación y, exhausto, se recostó sobre la cama intentando asimilar toda la información recibida en el último día, hasta que perdió la noción del tiempo.

La gruta, cada vez más clara. Sus paredes, aunque de sólida roca negruzca, salpicada por las fuentes de luz de las antorchas que, a cada pocos metros colgaban de los laterales, dejaban ver que estaban compuestas de algo más que la negra piedra. Un mineral que descomponía en destellos de mil colores, aunque casi imperceptibles, la tenue luz de los fuegos. Poco a poco los colores cálidos de la resina ardiendo daban paso a los blancos y azules, provenientes del fondo de la gruta. Ahí estaba, un gran bloque de hielo que encerraba una silueta en su interior, un encapuchado al que apenas podía distinguirse, y que aterrorizaba a Alex, que se acercaba a él sin poder evitarlo.

Alex se despertó de un sobresalto, totalmente helado. A los pies de su cama Alsgar se sobresaltó también, al ver la reacción del joven.

–¡Wow!, no me des esos sustos, se me puede parar mi corazón – Le dijo el duendecillo.

–¿Qué haces ya aquí?

–Ya están todos durmiendo, hace rato – Le contestó Alsgar.

– ¡Mierda!, me he dormido – Dijo para sí mismo en voz alta.

De un salto se puso en pie, rebuscó en su armario una pequeña manta y uno de los cojines decorativos con los que su madre solía adornar su cama y, con ellos, formó una cama al duende, sobre la alfombra que estaba junto a la suya. Cuando se incorporó para decirle al duende que ahí dormiría, se fijó que, en su mesilla de noche, había un plato y un vaso vacíos. Al mirar al duende este le dijo:

–Lo siento, no pude resistirme, llevaba dos días sin comer... –

Alex sonrió con ternura y le hizo un gesto para invitarle a acostarse en la cama improvisada que le había preparado. Mientras el duende se acomodaba, se puso el pijama y volvió de nuevo a su cama. El día había sido muy duro y, en el fondo, aún no terminaba de asimilar todo lo que había pasado.