V

– Alex, ¡Buenos días! – Se despertó mientras su madre aporreaba la puerta. – Vamos, que ya es hora de levantarse – Prosiguió mientras él se desperezaba.

–¡Voy! – Contestó medio dormido y fue suficiente para que su madre dejase de aporrear la puerta. Miró a su alrededor y a su lado, en el suelo, aun dormía Alsgar.

Su mano derecha agarraba su cabeza desde atrás, la izquierda sobre sobre su pecho y sus dos piernecillas abiertas de par en par, casi destapado y roncando profundamente.

“¿Cómo puede dormir con el ruido de mi madre en la puerta?” – Pensó. Se incorporó para despertarle.

–Alsgar... Despierta – Le dijo con ternura mientras le movía.

Alsgar entre risas profundamente dormido, dijo...

–No me lamas caballito, que tu dueño se acerca...

–¡Alsgar! – Le repitió Alex moviéndolo fuertemente. El duendecillos se puso de pie en alerta, despertando.

–¡No me haga daño! ¡Solamente dormí unas horas en su establo!

Alex le miró extrañado, mientras el duendecillo, acelerado, observaba a su alrededor, y poco a poco, fue relajándose.

–Perdóname, no suelo ser invitado a dormir en ningún lado, nadie quiere tenerme cerca.

Alex se llevó un dedo a su boca en señal de silencio y le dijo al duende.

–Por favor, recoge tu cama y no dejes rastro. Espera aquí, mi madre saldrá en breve, los domingos suele ir a desayunar fuera.

Y salió de la habitación rumbo a la cocina, aún en pijama. Al llegar, su madre, como él sabía, ya se encontraba preparada.

Observándole le dijo:

–¿No vas a ir con nosotras?

–No, aún me quedan cosas por estudiar, cuando termine saldré un rato al parque – Contestó él.

Su madre calló por unos segundos y accedió, tomando su bolso.

–Nos vamos, nos vemos a mediodía – Y, con Iris tras ella, salieron rumbo a la puerta.

Cuando el sonido de la puerta indicó que habían salido, Alex fue a la vieja cómoda de la habitación de invitados, donde aún se guardaban sus ropas de pequeño. Tomó una pequeña camisa y uno de los pantalones, junto a varias cosas más y, fulminante, corrió al baño desde donde llamó a Alsgar.

–Entra – Le dijo señalando la bañera.

–Aún no ha pasado una semana de mi último baño – Protestó el duende.

–Podrás escapar de sus visiones, pero no de su olfato con ese olor. Así que adentro. – Le recriminó.

El duendecillo entró en la bañera y Alex le bañó, entre las exclamaciones de asombro y gratitud de Alsgar. El grifo, el agua caliente, el jabón con ese olor tan rico. Todo era una nueva aventura para el joven duende que, por primera vez, disfrutaba de la compañía de alguien que no le trataba con desprecio.

Al finalizar de secarse, el duende fue a coger sus viejas y raídas ropas, pero Alex se lo impidió, lanzándole las ropas que antes había cogido de la vieja cómoda. Alsgar, al verlas, rompió a llorar.

–¿Por qué lloras? – Le preguntó Alex.

–Es la primera vez en mi vida que alguien me da algo, mi primer regalo.

Alex le sonrió con amabilidad y dejó que se vistiera, regresando a su habitación a coger la ropa, era su turno para ducharse.

Cuando regresó al baño, se quitó la camisa del pijama dejando ver el colgante. El duende al verlo se asombró y exclamó.

–¡Una flor de Ahice! ¡La reconocería en cualquier parte!

Alex, entristeciendo su mirada, agarró el colgante con una de sus manos.

–Es lo único que me queda de mi padre.

–Un poderoso regalo – Dijo el duende con asombro – El más poderoso de todos, sólo hay que saber cómo usarlo.

Alex soltó una breve sonrisa y entró en la bañera, cerrando la cortina.

–Alsgar – Dijo abriendo el grifo – Al final de la calle hay un pequeño parque al que nadie suele ir, espérame allí, enseguida voy.

El duende, sintiendo la tristeza que el corazón del joven escondía, le hizo caso y salió de la casa.

El parque era un pequeño cuadrado rodeado de varios árboles pequeños y arbustos, con una entrada formada por un arco de hierro en el que se enredaban las ramas de una planta de flores naranjas, como las campanillas. En el centro, solamente un columpio desgastado por el paso del tiempo y el abandono del lugar, a los lados, dos bancos de madera, prácticamente en el mismo estado.

Alex entró y se sentó en uno de los bancos. Apareciendo sentado al lado, Alsgar le dijo:

–¿Sabes?, yo tampoco tengo padre... Ni madre, soy el único de mi especie, libre o de servidumbre, sin familia... Es difícil saber cuál es tu misión en la vida si no sabes de dónde vienes – Se lamentó el duende – Sobretodo cuando tampoco tienes amigos que te ayuden a encontrar el camino.

Alex le miró con ternura y le replicó.

–¿Cómo que no tienes amigos? Y yo soy uno.

El duende le miró a los ojos, con los suyos totalmente cristalinos.

–¿Tú?, mi amigo... – Dijo con asombro. Alex le sonrió y Alsgar se le lanzó en un abrazo.

Alsgar rompió el abrazo, decidido, y miró fijamente a los ojos de Alex

–Como amigos que somos nos tenemos que ayudar. Tú me has ayudado a no atraer a Ojo de Dragón con mi olor, y ahora me toca a mí ayudarte.

– A ver – Respondió Alex con picardía – ¿En qué quieres ayudarme?

–¿Qué te hizo sobresaltar de tu sueño anoche?

–Solamente fue un sueño – Dijo abatido Alex – Una pesadilla.

–Como me dijo una vez el gran Onk, “Hasta el sueño más pequeño esconde un secreto que puede desvelarse con las herramientas adecuadas”.

Alex agachó su mirada, fijándola en sus manos que, con nerviosismo, entrecruzaba sobre las rodillas.

–Es un sueño que se me repite, camino sin poder evitarlo por una cueva iluminada por antorchas muy viejas y, al fondo, encerrado en un bloque de hielo brillante hay un encapuchado. Puedo sentir sus ganas de salir y su agobio, me aterroriza.

Levantó nuevamente su mirada y vio al duendecillo paralizado.

–¿Qué?

–Ahí he estado yo – Replicó con asombro Alsgar – Está en una cueva de la isla de Hammony, bajo las ruinas del viejo castillo.

Alex no pudo salir de su asombro, su sueño era real. –Tal vez deberíamos ir, esa puede ser la clave para descubrir lo que significa tu sueño.

Alex reflexionó un segundo sobre su promesa a su madre y, agarrando su colgante, miró nuevamente a Alsgar.

–¿Podremos ir y venir en el mismo día sin que nadie nos descubra?

–Por supuesto – Dijo tajantemente del duende – No soy ningún aficionado, además, el tiempo en este mundo es diferente al nuestro.

Alex miró con entusiasmo a Alsgar.

–Vamos entonces.

Alsgar inspiró profundamente y sacó, de uno de los bolsillos de su nueva ropa, un pequeño punzón de hueso que, en su empuñadura, llevaba atado una pequeña piedra de aspecto metálico.

–Hueso de dragón y una piedra Hydirx. Como tú el colgante, lo tengo desde que tengo uso de razón y es lo mejor para abrir portales que escapan a Ojo de Dragón.

El pequeño duende se acercó a los arbustos del fondo del parque y, con un rápido movimiento en el aire, creó una rotura como la que ya vio anteriormente hacer Alex a su tío.

–Rápido. Son fáciles de hacer, pero duran muy poco –Dijo el duende apresurado mientras cruzaba al otro lado.

Alex inspiró profundamente y se adentró en la rotura.

Observando la situación, como ajeno a todo, un Alionín que revoloteaba entre los arbustos cruzó tras ellos cerrándose el portal.