VI

El pequeño Alionín, envuelto en un denso humo negro, desapareció dando paso a un cuervo de negras alas, que sobrevolaba las heladas montañas de una cordillera que coronaban un gran valle verde. El hielo y la roca dan paso, tras de sí, a una sombría llanura casi desértica, salpicada por los fuegos de las hogueras, que tomaban como leña los cuerpos de los fallecidos en una batalla.

El cuervo prosiguió su camino, abriéndose paso entre las columnas de humo de las hogueras y de las fumarolas que vertían al aire los vapores de un subsuelo mal herido por algo más profundo que la mano de sus habitantes. En lo más lejano de esa tierra, rodeado de un enorme poblado de carpas de guerra cercadas por una baliza de estacas ensangrentadas, un peñasco coronado por una majestuosa torre de piedra blanca como la luz del día.

Batiendo sus alas, el cuervo, comenzó a volar en círculos desde la base del peñasco, donde una gran cueva dejaba ver una gran pared de la misma piedra de la torre con la entrada, que se ocultaba a simple vista en la lejanía hasta lo más alto de la torre, coronada por una gran cúpula de cristal sólo ahuecada en su centro, por donde entró el ave.

Dio un gran rodeo a la gigantesca sala en la que, distribuidas a lo largo de un círculo de piedra oscura, diez pilares de piedra se repartían, con la forma de diferentes reyes y de sus coronas, hasta el techo, el cristal de los metros restantes ilumina la sala con miles de motas que recorren su interior como si de luciérnagas se tratase. Un undécimo pilar, más ancho que los demás y tan corto que apenas levantaba unos metros del suelo de la estancia, completaba el círculo. Rodeado de una escalera, en su centro, un trono de plata.

El ave cruzó la pequeña columna de humo que subía desde el centro del círculo de piedra negra dibujado en el suelo y, planeando, ascendió las escaleras hasta el trono de plata, donde una sombría mujer observaba sentada.

–¿Te gusta, Tebba? – Dijo la joven, mientras levantaba su mano para que se posara el ave – Eso que ves es el humo de los restos del gran Árbol del reino de Elibar. Ya sus frutos no podrán iluminar ninguna noche.

–Dama Lenaih, tengo noticias que pudieran interesarle – Contestó, con una voz rasgada, el ave.

La joven miró al ave, que agachó su cabeza en señal de reverencia.

–El joven duende ya está de nuevo en nuestro mundo, mi señora.

–Bien – Dijo la muchacha, mientras se ponía en pie y el ave pasaba, de su mano, al reposabrazos del trono.

Lenaih era una joven elfa de cabellos castaños, aparentemente frágil, pero increíblemente letal. Tiempo atrás había sido una de las princesas del bosque azul, pero su ambición y egoísmo la llevó a traicionar a su padre y su pueblo y a convertirse en una elfa oscura. La más grande de todas, la general de las tropas de la bruja negra.

–Vigílale de cerca, Tebba – Dijo al cuervo la elfa – Ese punzón será mío en cuanto compruebe algo...

El Cuervo emprendió su vuelo de nuevo, saliendo por la obertura en el cristal de la bóveda, mientras la elfa bajaba las escaleras del trono y le dejaba atrás, avanzando hacia las humeantes cenizas en el círculo de piedra.

A los lados del círculo, apenas imperceptibles desde las alturas, se abren paso dos escaleras que bajan desde la sala de la bóveda por el interior del peñasco. Ambas escaleras, excavadas en la roca, dan acceso a los diferentes niveles de galerías y pasillos que esconden las estancias y habitaciones de la torre, ahora perfectamente visibles desde cualquiera de las dos circulares escalinatas.

La elfa, totalmente complacida, comenzó a bajar por una de las dos escaleras que ahora, en su centro, sólo tenían un vacío que, hasta hacía muy poco ocupaban las raíces del árbol que tan sencillamente había extinguido, y por el que solamente se desprendían pequeños montones de ceniza, aún enrojecidos, que caían al vacío desde la base del suelo de la sala de la bóveda.

Su sonrisa va en aumento según se adentra más y más hacia la base de la torre, hasta que para frente a una lúgubre galería, mucho más que cualquiera de las que con anterioridad había dejado atrás, y que se encontraba custodiada por dos hediondos y grasientos trolls acorazados, armados con mazos de púas.

La elfa se adentra en la galería, iluminada por el fuego de varios pedestales, mientras escucha un leve forcejeo con algo metálico. La galería se encuentra llena de pequeñas cuevas cercadas con barrotes, abarrotadas de esqueletos y putrefactos seres muertos hace ya algunos días.

–¿El gran Allyant no se encuentra cómodo en mis nuevas mazmorras? – Dijo con ironía la elfa, mientras se acercaba a la cueva más alejada de la entrada de la galería.

En esta última un alto joven, de rizados y largos cabellos tostados como el café, se incorpora frente a la elfa.

–Deberías estar agradecido por las comodidades que te he dado, si por mi fuese, ya hubieras muerto.

–Sueñas despierta, Lenaih – Respondió con la misma ironía el joven – Nunca podrías ni enfrentarte a los deseos de mi tía, ni conmigo.

La elfa, en un ataque de ira, agarró entre los barrotes al joven haciéndolo chocar contra el frío hierro.

–Mírate ahora, gran general, encerrado como una bestia a mi merced.

–Por el momento, mi engreída amiga, por el momento –Contestó el joven, mientras se soltaba con facilidad de las manos de su captora.

Con un irradiante desprecio en su mirada, Lenaih hizo un gesto con sus manos, y los dos trolls se acercaron.

–Llevadle al castillo regente, la bruja le espera. – Acercándose nuevamente a los barrotes, le dijo al joven – Veremos si eres tan valiente con ella como lo intentas conmigo.

La luz de la abertura cegó a Alex que, por un instante, perdió el sentido de dónde se encontraba.

Con fuerza apretó sus puños para pasárselos por los ojos y, cuando los apartó, poco a poco abrió sus parpados.

Ante él se abría un verde prado colina abajo, recién florecido, solamente cortado por pequeños campos cercados por muros de piedra que formaban bancales, para compensar los desniveles del terreno. A sus pies, un camino de tierra excavado por el paso de los años y que zigzagueaba hasta el final del prado, como si de un río se tratara, donde una pequeña arboleda dejaba entrever algunos tejados de un pequeño pueblo. Al fondo del valle, unas majestuosas montañas de puntas nevadas parecían tocar el cielo con sus picos.

Alex se llevó los puños a su boca, totalmente estupefacto y emocionado, no podía creerlo.

–Bienvenido a nuestro mundo.– Le dijo Alsgar con tono desenfadado.

Alex le miró y sonrió. –¿Hacia dónde vamos? – Preguntó mientras le miraba fijamente.

–Hacia detrás de esas montañas.

Alex y Alsgar comenzaron a caminar por el sendero, mientras el joven observaba todo a su alrededor.

–Alsgar ¿realmente es tan mala esa bruja negra? – Preguntó inocentemente Alex.

El duende, en un rápido movimiento, le hizo un gesto de silencio que alertó al joven.

–No la nombres así, tan a la ligera. En este mundo hay muchos espías que trabajan para la regente, las palabras pueden ser un gran arma. Darte la vida o arrebatártela está en su poder.

Ambos quedaron en silencio y continuaron su camino, adentrándose en la arboleda que daba paso a la aldea que, desde la colina, vio Alex. Al sonido de sus pies compactando la tierra del sendero se unió un leve sollozo, proveniente de entre los árboles.

–Escucha. – Dijo Alex a su acompañante – Ahí hay alguien llorando

El pequeño duende paró y replicó:

–No deberíamos entretenernos...

Alsgar observó rápidamente a su alrededor y vio a Alex alejarse entre los árboles, en dirección a los sollozos. En una tardía reacción, salió corriendo a su búsqueda.

Sentada al pie de una de las grandes encinas, una joven lloraba desconsoladamente.

–¿Qué te ocurre? – Le preguntó Alex mientras se acercaba.

–Mi hermano ha muerto – Dijo entre sollozos la joven.

–Lo siento – Contestó apenado – ¿Estaba enfermo?

–No, fue a luchar contra la nueva regente.

Alex quedó paralizado por la respuesta de la joven mientras, de fondo, el duendecillo llegaba asfixiado por la carrera.

–No... deberías... dejarme... atrás – Le recriminó el duende a Alex, entre grandes bocanadas de aire.

–Lo siento – Le contestó él. Mientras, la joven apartaba las manos de su cara y observaba a los dos.

–¡Eh!, yo a ti te conozco – Dijo refiriéndose a Alsgar – Tú te has colado varias veces a dormir en nuestro granero... ¿Es tuyo este duende de servicio? – Preguntó a Alex.

–Yo no soy ningún duende de servicio, yo soy libre – Interrumpió Alsgar.

La joven volvió a observarlos y, extrañada, preguntó.

–¿De dónde venís?

Alex abrió su boca para contestar pero, nuevamente, el duende se adelantó.

–Eso no importa, continuaremos nuestro camino.

La joven sonrió.

–Vaya, parece que queréis ocultaros de Ojo de Dragón. –Ambos miraron a la joven – Y dudo mucho que lo hagáis con esas ropas. – Prosiguió ella – Sé que él no es de este mundo, no huele como los otros.

El duende se interpuso entre la joven y Alex.

–Tranquilos, no voy a haceros nada.

La joven inspiró con fuerza y su cuerpo se desvaneció en el aire, convirtiéndose en una figura de un humo blanquecino y volviendo a su forma original nuevamente.

–¡Un espíritu del aire! – dijo Alsgar con asombro.

–Mi nombre es Arthes y soy la protectora de esta aldea. Perdonad que os haya asustado, pero mi misión es la de comprobar las intenciones de los extraños que cruzan mis tierras.

Alex se miró a sí mismo.

–Tienes encima algo que no es muy común – Le dijo a Alex – Un poderoso don, pero no pasarás desapercibido allá donde quieres ir con esas ropas... Os dejaré pasar, y os ayudaré a no llamar la atención... Presiento que aún debes aceptar algo por ti solo.

Alex la miró extrañado.

–En cuanto a ti pequeño duende, Onk ya me habló de ti, al igual que de él y me dijo que le hiciste una promesa, sólo espero que la cumplas... Diré a los aldeanos que os den ropas, comida y cobijo. Se hace tarde y no es conveniente que andéis en estas tierras de noche.

Convirtiéndose nuevamente en humo, la joven desapareció en una suave brisa, dejando a Alex y a Alsgar solos frente a la encina.

Alex miró al duende, que se había sonrojado

–¿Qué promesa?

El duende negó con la cabeza y continuó el camino a la aldea.

–No te lo diré, mis labios están sellados.

– Le dijo mientras le llevaba varios pasos de ventaja.

Alex sonrió y comenzó a andar.