VII

La arboleda se abrió tras algunos minutos, dando paso a un pintoresco pueblo de casas de piedra gris y tejados de tejas rojas, salpicados del verde de las plantas y enredaderas que daban una sensación de hogar a todo el entorno.

Al verles llegar, una mujer se acercó a ambos.

–Arthes me ha pedido que les hospede esta noche. Mi nombre es Irme, soy la posadera de la aldea. Por favor, seguidme.

Alex y Alsgar siguieron a la amable mujer, que les condujo entre las casas, mientras el cielo, poco a poco, cambiaba para dar paso a la luz de las estrellas. Entraron en la casa más grande de la aldea. La puerta, de pesada madera, daba paso a una gran estancia con varias mesas y una pequeña barra de piedra al fondo, justo frente a esta, una gran chimenea calentaba la habitación. A su derecha, una escalera de madera conducía a la segunda planta de la casa.

–Subid y acomodaos en la primera habitación de la izquierda, esa será vuestra estancia por esta noche. Os avisaré cuando la comida esté preparada – Dijo con amabilidad la posadera.

Alex y el duende subieron los apenas 15 peldaños de la escalera y se adentraron en el angosto pasillo. Al abrir la puerta contemplaron la habitación. Pequeña, pero acogedora, dos camas de madera bien tallada y colchones recién mullidos, que apetecía dormir en ellos con solamente verlos. El duende se recostó en una de ellas, mientras Alex intentaba encender el fuego de la pequeña chimenea de la habitación. Había oscurecido y comenzaba a hacer frío.

–Alsgar... ¿Crees que Arthes es de fiar? – Preguntó Alex, recordando las palabras de su madre.

–¡Por supuesto! – Dijo el duende. – La reina de los espíritus del aire detesta a la bruja negra, y si ellos protegen esta aldea, aquí estaremos seguros.

Los dos bajaron de nuevo a la estancia cuando Irme les llamó, y cenaron varios platos de la riquísima cocina de la posadera junto a su familia, que sin conocerles, les acogieron como si formara parte de ella. Una vez terminaron, sorprendieron a la posadera ayudando a recoger y ordenar la estancia y regresaron a su habitación, mientras Irme les agradecía la ayuda.

La noche avanzó rápidamente y una brisa se levantó en el pueblo. Alex, aún despierto, observaba a través de la pequeña ventana el movimiento de las plantas de la casa del otro lado del camino mientras, los troncos ardiendo de la chimenea, crepitaban.

La brisa, con cada racha, soplaba con más fuerza, hasta que con la última, se abrió la puerta de la posada.

El sonido recorrió toda la casa, al igual que una gélida sensación, alertando a Alex y sacando de su profundo sueño al duende. Ambos rápidamente salieron de la habitación y, desde lo alto de la escalera, observaron la estancia central de la posada, donde se hallaban Irme y su familia.

La pesada puerta, abierta por el golpe de viento, había sorprendido a la familia, que estaba sentada en la mesa más cercana a la barra de piedra y, en ese momento, se pudo ver un humo blanco dibujando tres siluetas.

Las dos primeras, delante, tomaron forma de mujeres encapuchadas, con grandes túnicas blancas y, en sus manos, un arco dorado casi tan grande como ellas mismas. La tercera, de un humo más denso y menos blanquecino, tomó forma de un hombre, vestido con túnicas rojas, de cabello rubio, en su frente, una diadema con un zafiro de la misma intensidad que la propia sangre.

–¡Onk! – Dijo asombrado Alsgar, mientras Irme y su familia reverenciaban a ese ser.

El duende corrió escaleras abajo, mientras Alex aún miraba desde lo alto.

–Mi querido y endiablado Alsgar – Dijo con amabilidad Onk. – Traes de cabeza con tus idas y venidas a Medius y, en tu búsqueda personal, has encontrado algo muy especial. Onk miró directamente a Alex.

–¿No te unes a nosotros?... Alex.

“¿Cómo sabe mi nombre?” – Pensó Alex mientras observaba, cada vez más nervioso, la situación.

–Sé muchas cosas, entre ellas tu nombre... Y hacia dónde te diriges.

Alex, sin darse apenas cuenta, comenzó a bajar las escaleras.

–Discúlpame, soy un maleducado, Me llamo Onk, y soy el visir de la reina Edriel, la señora de los espíritus del viento.... O de las hadas, como decís en tu mundo. Largo tiempo he deseado conocerte, desde que en mis visiones vi tu cara por primera vez.

Una nueva ráfaga de viento entró por la puerta y revoloteó en la sala.

–¡Si, ya voy!. – Dijo Onk en tono desaprobatorio, como si hablara con otra persona. –

Desde que Arthes dijo que estabas aquí, no he podido resistirme las ganas de venir a conocerte.

Una nueva ráfaga de viento entra en la estancia, apagando de una vez a su paso en su rodeo la chimenea y las velas de los candelabros que alumbraban la escena.

Por la puerta se abrieron paso cuatro encapuchadas, vestidas y armadas de igual forma a las ya presentes, de las cuales Alex y Alsgar reconocen a Arthes. Tras de ellas, entra otra mujer, alta, de largo cabello pelirrojo hasta sus caderas, vestida con una túnica blanca, al igual que las demás, pero adornada con elaborados dibujos bordados en plata y oro, con un ancho cinturón con un zafiro y, en su cabeza, una corona con forma de girones, dorada, que desprende un brillo etéreo.

–No hemos podido, mi querido Onk, no HEMOS. – Dijo Edriel, corrigiendo al vidente.

–Mi señora... – Onk hizo una reverencia.

–Así que tú eres el pequeño Alex... Vaya, cuanto has crecido desde la última vez que te vi. Y de eso hace ya...

–15 años. – Interrumpió el joven.

Edriel sonrió.

–Tienes su mismo ímpetu, sí, incluso su misma mirada...

–¿Conociste a mi padre? – Preguntó con curiosidad Alex.

–Por supuesto, y es por ello que estoy ahora aquí. Alex, aunque esto te lo recordaré de nuevo más adelante, quiero que sepas que, cuando llegue el momento, estaré de tu lado, todos los espíritus del viento lo estarán.

Alex la miró extrañado, sin comprender sus palabras.

–Ya entenderás pequeño... Mientras estés en cualquiera de las tierras del reino de Ometh, mis dominios, estarás seguro, no lo olvides. Aunque sé que con el regalo que llevas de tu cuello a ti no te hará falta, pero a tus amigos si, y en este mundo tienes más amigos de los que aparentemente pueda parecer.

–Aún te quedan muchos cabos que atar, joven – Interrumpió Onk.

–Onk, es tarde, ¿no crees que es ya demasiada información para Alex por hoy? – Volvió a interrumpir Edriel – Deberían descansar, mañana les espera un duro día.

Onk miró a Edriel y, como si hubieran hablado con sus miradas, asintió en un gesto de complicidad.

–Es cierto. – Dijo el vidente.

–Es hora de retirarnos. – Irrumpió nuevamente Edriel, y comenzaron a retirarse las encapuchadas armadas, desvaneciéndose como humo en pequeñas ráfagas de aire – Espero volver a verte pronto, Alex – Dijo la reina, y desapareció, dejando solamente a Onk con ellos.

El vidente se giró para salir al exterior, pero antes miró al duende y al muchacho.

–¡Ah!, antes de marcharme... Sobre vuestros lechos tenéis unas capas que os ayudarán a ocultaros en las montañas y unos presentes que necesitareis en vuestro viaje. Mucha suerte.

Onk sonrió y se desvaneció en una ráfaga de aire, que cerró nuevamente la puerta de la posada.