VIII

Los primeros rayos de sol entraron por la ventana despertando a Alex, mientras, aún los ronquidos de Alsgar resonaban en la habitación. Observó las capas que ahora descansaban sobre una tosca silla de madera, al lado de la pequeña chimenea y los presentes. Un sobre de viejo papel amarillento, una pequeña daga, toda una espada para el duende, si contamos que era un regalo para él, y una extraña bola cristalina, abombada en sus dos centros, que le daba un aspecto parecido al de una manzana que había caído sin su pequeño tallo.

Alex, con sigilo, se levantó y tomó el sobre, en su anverso, escrito con la misma letra de la nota de la caja, Onk. Respiró hondo y la abrió

“Mi querido amigo Onk:

Como bien me dijiste, ni todos los esfuerzos de tu reina podrán evitar lo que se avecina, yo también lo he visto, aunque mi mirada es más corta en el tiempo que la tuya, sé, que todo se desarrollará tal y como predijiste.

Sé que has visto más allá de lo que las fronteras del tiempo a mí me permiten, por ello, te pido que le guíes cuando llegue el momento, que acudas en su búsqueda y hagas lo que debes.

El tiempo se agota para mí, pero sólo espero que mi sacrificio le dé el tiempo que necesiten ellos.”

Alex, extrañado por la carta, la dejó reposar nuevamente sobre las capas y tomó en sus manos la extraña bola de cristal, con ella se sentó nuevamente al borde de su cama.

La inspeccionó haciéndola girar ente sus manos, totalmente abstraído, y lentamente fijó su vista en ella. En un abrir y cerrar de ojos la bola comenzó a destellar y su interior se nubló, mostrando una fluida imagen.

Una lujosa habitación de castillo, en la cama, su madre, que empuja desesperadamente entre gritos de dolor y esfuerzo, durante un parto, con la asistencia de la pequeña Iris, que hace las veces de experimentada comadrona. Al otro lado, expectante, el mismo hombre, del que no logra ver su rostro. Hasta que los gritos cesan y el breve instante de silencio se rompe con el llanto de un niño. Iris toma al bebé y lo envuelve, mientras el hombre se acerca a su madre y le besa en la frente.

–Ha sido un niño – Dice la duendecilla al hombre, mientras éste toma al bebé en sus brazos.

Entre sonrisas de alivio y alegría y, embaucado por una inmensa emoción, el hombre habla al bebé mientras, de fondo, suenan las campanas del reino y el sonido de los artificios que inundan el cielo comienzan a escucharse.

–Alex... ¿Escuchas eso?, es para darte la bienvenida, hijo.

La puerta de la habitación se abre y, en ella, entran dos niños, el primero, de rizos castaños como el chocolate, de unos 6 años de edad, y el pequeño de unos 5 años, entre gritos y juegos, pidiendo ver al bebé.

–Os presento a vuestro hermano, Alex.

El brillo se desvaneció y la imagen desapareció, mientras Alex no podía salir de su asombro.

–¡OH! Un fruto del Árbol del reino de Elibar, dicen que ilumina hasta la noche más oscura, y solamente muestra la verdad – Irrumpió Alsgar, sacando a Alex de su catatonia

–¿Sólo dice la verdad? – Preguntó Alex al duende, sin salir de su estupefacción.

–Si, lo que muestra es la verdad – Respondió el duende muy seguro de sí mismo.

“Entonces no estoy solo, tengo dos hermanos.... ¿Por qué mamá nunca me dijo nada?, ni siquiera cuando descubrí de donde venía.”– Se preguntó.

Mientras Alex estaba inmerso en sus pensamientos, Alsgar rápidamente se puso en pie y se dispuso para comenzar de nuevo el camino. Tomó la capa de su amigo y se acercó a él, con ella entre sus pequeñas manos.

–Es momento de irnos.

Alex salió de sus pensamientos y observó al duende, quien le empujaba a tomar la capa.

Ambos, dispuestos nuevamente a continuar con su camino, bajaron las escaleras a la estancia central de la posada, ahora repleta de habitantes de la aldea que desayunaban o bebían en el único lugar de ocio del pueblo. Al verles, el silencio se apoderó del ruido de las conversaciones y risas de los grupos allí reunidos.

La posadera se acercó a los dos con unas bolsas de cuero.

–Tomad, en estas bolsas encontrareis agua y comida para vuestro viaje, y también lugar para guardar tu presente –Dijo a Alex.

–Muchas gracias por su hospitalidad – Le contestó Alex de forma muy amable

–Vuestra visita nos ha traído el mayor honor que pudiéramos tener, el visir y la propia reina han visitado este pobre lugar – Contestó emocionada.

–No hay lugar pobre, ni rico, es solamente quien lo habita el que define eso, y este es uno de los lugares más ricos en los que he estado. – Replicó Alex

La posadera le miró con gratitud y ambos salieron de la casa. Un luminoso día iluminaba las casas desperdigadas entre los árboles y las calles de piedra roja, adornadas de miles de flores que daban al lugar un aspecto de cuento. Alex observaba todo a su paso mientras el duende, a grandes zancadas, iba unos cuantos pasos adelantado mientras hablaba para sí mismo, intentando recordar un atajo que les llevase más rápido entre las montañas. Ambos dejaban la última casa del pueblo tras de sí y se adentraban en las llanura que les conducía directamente a las faldas de la cordillera de Isent que dividían el reino de Ometh con el Regente.

Una leve brisa se levantó y un olor, conocido para ambos, les hizo darse la vuelta, a sus espaldas Arthes.

–¿Qué paso escogeréis para cruzar a vuestro destino?

–Onûrm – Respondió Alsgar

–Tened cuidado en las frías y escarpadas montañas, las fronteras de este reino no son seguras en estos días, si decidís volver, siempre seréis bienvenidos en mi aldea.

Mucha suerte.

Una brisa sopló nuevamente y Arthes se desvaneció mientras pronunciaba sus últimas palabras, que quedaron suspendidas, como si hubieran llegado de la nada.

Alsgar, decidido, comenzó de nuevo su ruta, mientras Alex le seguía de cerca.

–Creo que llevo demasiado tiempo fuera de casa – Dijo para sí mismo Alex en voz alta.

– Aún no ha pasado sino una o dos horas en tu mundo – Contestó con decisión Alsgar.

–¿Cómo puede ser tan poco?

– Aún no lo he calculado bien, pero... ¿Cuánto tiempo pasó desde que me vistes en tu casa la primera vez hasta que me volviste a ver?

–Unas cuantas horas, no llegó a un día entero.

–Para mí pasó más de una semana aquí.

Ambos quedaron pensativos mientras continuaban su camino.

El paisaje cambió, del verde moteado del color de la hierba y sus flores de los prados, a la fría roca gris de las faldas de la montaña, sin que apenas salieran de sus pensamientos ambos compañeros. El duende intentando recordar rutas, atajos, y calculando tiempo y riesgos del trayecto, mientas Alex no podía dejar de pensar en lo que la bola le había mostrado “tengo dos hermanos”, “¿por qué mi madre no me dijo nada de ellos?”... – Era lo único que resonaba una y otra vez en su cabeza.

La tarde comenzaba a caer y, la helada brisa que bajaba de las cumbres nevadas de las montañas empezó a bajar la temperatura, cuando Alex salió de sus pensamientos.

–Será mejor que busquemos un lugar donde pasar la noche – Dijo el joven, mientas miraba a su alrededor.

–Más arriba hay una pequeña cabaña de pastores, en esta época del año no la usan, podremos dormir calentitos – Contestó pícaramente Alsgar y ambos continuaron.