IX

La tierra temblaba a su paso mientras la caravana llegaba a lo alto de la colina, a su frente, a lomos de sus caballos, Jaydor y Lenaih.

Jaydor era conocido como “el aullador” entre los trolls de su especie, ya que, aunque no era más grande que un humano, el sonido del aire entre sus afilados dientes, como el aullido de un lobo, era lo último que escuchaban sus víctimas. Temeroso e inteligente, era uno de los más grandes de todos los trolls al servicio de la Bruja Negra y el segundo al mando, bajo las órdenes de Lenaih.

–A tu derecha la ciudad de Roner, y a tu izquierda el bosque negro.

–¿Por dónde empezaremos la campaña mi señora? –Dijo Jaydor.

–Atacaremos Roner, así mantendremos entretenidas a las tropas de Edriel y, sin que ella pueda hacer nada, entraremos al bosque.

–Sí mi señora.

Lenaih, dio un fuerte tirón de las riendas de su caballo, haciéndole retroceder hasta la jaula que estaba más atrás y, mientras se acercaba, una fría carcajada salió de sus labios.

–Allyant, tal vez debería dejarte aquí, para que veas como uno a uno caen los ciudadanos y las defensas de Roner y así veas el principio del fin del último bastión de tu rebelión, Ometh. Pero será más placentero que estés presente cuando la propia Bruja someta a Edriel

Allyant, dentro de la jaula, escupió frente al caballo de la elfa.

–Llevadle por el paso de Onûrm, es más lejos, pero más seguro, en el sólo encontrareis Ciuatros.

Haciendo una seña, un grupo de orcos se segregaron de la caravana y tomaron rumbo a las montañas a toda prisa, mientras ella volvía al frente.

–Jaydor, te dejo al frente de esta batalla, no me falles.

–No lo haré, mi señora.

–Atacad al amanecer.

La elfa, nuevamente, hizo girar sobre sí mismo a su caballo y, galopando, tomó rumbo en dirección contraria, mientras Jaydor daba las indicaciones para preparar el campamento y una leve brisa levantaba unas pequeñas hojas, que salieron volando de la árida tierra recién marchitada y se adentraron, colina abajo, en el reino de Ometh

El viento llevó las hojas hasta los lindes del bosque negro y allí, nuevamente, volvió a soplar, adentrándolas en las profundidades del sombrío y espeso bosque, donde un lago de aguas verdes, como las Esmeraldas, bañaban las raíces de un gran árbol. Mucho más grande que los demás, su tronco lo formaban miles de raíces entrecruzadas de manera firme, que le daban el aspecto de una única corteza, de la que salían ramas y hojas, de un verde azulado, que le daban un aspecto de antigüedad ancestral.

Las hojas cayeron desplomadas en el suelo, a la orilla del pequeño lago. El girón de viento tomó la forma de Onk, el cual se adentró hacia el árbol, caminando sobre las verdes aguas.

–Mi señora, mi Mizandrir, le entregué el último fruto del árbol de Elibar, como me pedisteis. Pero traigo malas nuevas.

Las raíces del tronco del árbol comenzaron a moverse, mientras una luz verdosa invadía el lago y el tronco del árbol tomó forma de rostro.

–Lo sé, joven vidente, yo también tengo oídos en este mundo y, aunque la bruja haya envenenado la tierra de Elibar, mi poder se extiende más allá de lo que ella cree. –

Contestó con una amable voz femenina.

–El joven se encuentra en camino a descubrir la verdad.

–Y lo hará pronto – Interrumpió ella – Pero tu reina debe prepararse, ya aquí estoy segura. Mis faunos y náyades se encargarán de ellos, aunque atacará con el grueso de sus fuerzas a Roner.

–Jamás podrán luchar contra algo que no pueden ver –Dijo el adivino, regodeándose.

–Esto es sólo una batalla, y sabes que necesitareis de ellas para la siguiente – Contestó el árbol.

–Sólo el joven podrá convencerlas, se unirán si él decide su futuro.

–¿Lo has visto?

–Con total claridad.